Extraído del libro “Ayúdame a mirar” – Anaya Photoclub.

Sarah Bernhardt en su ataúd – Photo de Stanley B. Burns (1882)

En el año 1880 Sarah Bernhardt, la actriz más popular de su tiempo, afirmaba que “si todas las fotografías que se han tomado de mí se pusieran una encima de otra, la pila sería tan alta como la Torre Eiffel”. La diva permitió a un tal Melandin que le tomara unas imágenes exclusivas en el interior del ataúd revestido de satín donde se decía que recibía a sus amantes y conocido como “el féretro para dos”. Ejerciendo un control sobre su propia imagen, impropio del siglo XIX, la Bernhardt estipuló con Melandin que no podría publicar las fotos hasta después de su fallecimiento, una circunstancia que la actriz preveía que acaecería en el plazo máximo de un año.

Pero el que se murió, probablemente de impaciencia, fue el propio fotógrafo. Sara Bernhardt dejó este mundo en 1923, cuarenta y tres años después de que se tomaran las imágenes. Tan bien controlaba la publicidad esta genial artista que Dumas hijo afirmó que había oído a un anciano mascullar en sus últimos momentos: “Dejo esta vida satisfecho porque no voy a volver a oír hablar de Sara Bernhardt”. Es probable que se tratara de Melandin.

De esa anécdota se deduce que el control de la propia imagen no es nuevo. De hecho en 1868 el escritor Charles Dickens creó un precedente en su segunda gira de lecturas en América al negarse a posar para un fotógrafo sin percibir honorarios. Tras la iniciativa de un personaje tan popular como Dickens las cosas ya no fueron igual. Sara Bernhardt cobró mil quinientos dólares de la época para dejarse fotografiar por Napoleón Sarony, uno de los más famosos retratistas especializado en espectáculos, cantidad que pronto fue superada por los cinco mil dólares que exigió la también actriz Lillie Langtry en concepto de derechos de imagen.

Lillie Langtry – Fotografía de J. M. Mora (1884)

Y siguiendo con esas circunstancias, cien años más tarde fue muy comentado el pleito de Jacqueline Onassis con el fotógrafo Ron Galella. La viuda de John F. Kennedy, casada en segundas nupcias con el millonario griego Aristoteles Onassis, demandó al paparazzo por asedio y un tribunal le condenó a permanecer alejado a setenta metros de la ex primera dama. La sentencia, en sí, no era novedosa, pero aconteció que el fotógrafo, a su vez, pleiteó con Jacqueline porque le privaba de su principal medio de ganarse la vida; una denuncia que sería desestimada.

Ron Galella y Jacqueline Kennedy Onassis

Más información sobre Ron Galella.

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