Extraído del libro “Ayúdame a mirar” – Anaya Photoclub

Corría el año 1984 y el Líbano padecía otra nueva y sangrienta guerra. El fotógrafo Patrick Chauvel, que sería testigo más tarde del asesinato de su colega Juantxu Rodríguez en Panamá, acribillado por una equivocación del ejército norteamericano, envió a la agencia Sygma un carrete con una secuencia que mostraba a un sacerdote cristiano libanés, vestido con sotana, disparando con una metralleta sobre una facción musulmana. Una hora más tarde el protagonista le visitó y le dijo:“Patrick, me he dejado tentar por el diablo, he perdido los estribos, no debería haberlo hecho. Tú, has cumplido con tu trabajo, pero mi acto puede tener consecuencias terribles”.

Los musulmanes acababan de conquistar cuarenta localidades a los cristianos libaneses. Habían matado a mucha gente, pero respetaban a los sacerdotes. Si la foto se hubiera publicado las milicias mahometanas habrían roto las costillas a todos los clérigos que se cruzaran en su camino. “Un precio demasiado caro para que yo tuviera el placer de tener una doble página en Paris Match- refirió Chauvel. Envié un télex a Henri Bureau, entonces redactor-jefe de Sygma, y le dije: ‘la serie del cura la difundes, excepto en la que está disparando’. Él me contestó que, con esa decisión, perdería un montón de dinero. Esta imagen habría dado la vuelta al mundo, pero no me importó. Hoy ya puedo mostrarla. Ahora es una vieja historia. Pero, en caliente, habría ocasionado muchos muertos”.

Una de las disyuntivas más difícil para un reportero no es solo fotografiar, sino prever la repercusión que puede tener la información una vez se propague. En determinadas circunstancias es complicado determinar cuándo se puede o no tomar una foto, se pregunta si está actuando como un ave de rapiña o si está fotografiando algo que debería conocerse. En Facebook hay una página llamada The Vulture Club y sus componentes son profesionales que en ocasiones trabajan en países conflictivos. Los miembros se aconsejan entre ellos sobre condiciones de seguridad o tratan de obtener referencias antes de contratar a un “fixer”, el término anglosajón que designa a los contactos locales que ayudan al reportero en su labor. Los mismos fotógrafos adoptaron el apelativo de buitres, mofándose de la mala fama que les otorga determinadas concepciones de una mal entendida ética porque su delito es obtener imágenes de gran fuerza en situaciones catastróficas.

A Sebastiao Salgado, el único fotógrafo galardonado con el Premio Príncipe de España, se le ha criticado con frecuencia la estética grandilocuente de sus fotografías de profunda temática social. Respondiendo a sus detractores el reportero brasileño, profundo conocedor de los mecanismos que rigen la política mundial, argumentaba: “No tengo problemas de conciencia por que fotografío gente muriendo de hambre, gente pobre o gente del Tercer Mundo. Yo no soy responsable por ellos, no soy yo el que les he hecho pobres, ni el que los explota. Creo que la fotografía debe tratar estos problemas de forma que suscite una discusión, que haga que la gente repare en que los países ricos se están dividiendo el mundo entre ellos”.

Desde la perspectiva de la ética la fotografía humanista debería invitar al debate y a la reflexión. Sobre todo cuando lo difundido denuncia problemáticas tales como la explotación del ser humano por los propios humanos, las desventuras de los emigrantes, las consecuencias de la guerra, los desastres ecológicos, el despilfarro de los políticos, los abusos de los banqueros, las evidencias de la mala praxis sanitaria, la ambición de los que carecen de escrúpulos, los ancianos abandonados a su suerte, las hambrunas, los refugiados que nadie quiere, la explotación infantil, las consecuencias de la droga, las perniciosas consecuencias del fanatismo religioso, la corrupción… temas clásicos del fotoperiodismo ligados a la perversidad del ser humano sobre los que no queda otro remedio que reincidir una y otra vez.

Descubrir los abusos sin compartir plato y lecho con los poderosos debería ser la consigna para cualquier comunicador que se precie de la independencia de su trabajo, aunque la independencia de los medios, como sabemos, es un tema que daría mucho que debatir.

“Es un campo probablemente no decisivo, pero de todas maneras importante, el que atañe a la fotografía comprometida con las causas populares, con la liberación de nuestros pueblos, con la denuncia de torturas y represión, con el escándalo que puede llegar a ser la justicia. Y como el poder dispone de cuantiosos recursos, por lo general es poco menos que imposible librar la batalla contra-informativa en el cine y la televisión, a menudo copados por transnacionales o monopolios que de todos modos no permiten la incorporación de voces heridas o disonantes, ni el tañido artesanal de otras campanas”- escribió Mario Benedetti en “La fotografía como accesorio ideológico”.

La sistemática mirada de los fotoperiodistas a lo sórdido es el principal argumento de sus detractores. El reportero debe justificar una y otra vez sus incursiones a estos estratos y defenderse de las acusaciones de carroñero. Por encima de todo lo que importa es la actitud del fotógrafo y su sentido de la ética.

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