Extraído del libro “Ayúdame a mirar” – Photoclub Anaya

La condición más importante para tener éxito como reportero es situarse en el lugar donde acaecen los hechos y no más lejos de cinco metros en la medida de lo posible. Los fotógrafos con talento poseen una impronta especial y su empeño para conseguir imágenes excepcionales les ha empujado en ocasiones a actitudes suicidas. Así una fatídica mina escondida estalló bajo los pies de Robert Capa el 25 de mayo de 1954 y acabó con un reportero audaz, con el mítico fotógrafo de guerra que llevaba inscrito en su casco “gran amante y gran jugador de póker“. Nacido en realidad Endre Friedmann, no fue fácil para un insignificante adolescente judío de Budapest labrarse un nombre en el mundo del fotoperiodismo, pero tuvo perseverancia y otras cualidades imprescindibles para salir adelante. Y, sobre todo, mucho marketing, una condición más bien desdeñable en aquellos tiempos.

A través de las anécdotas de los fotógrafos especializados en conflictos bélicos es fácil encontrar ejemplos que revelan el carácter de los buenos reporteros, muchos de los cuales son hoy un referente, aunque la mayoría se retiraron tras padecer severas lesiones físicas y, sobre todo, psicológicas. La personalidad y el entusiasmo de los que obtuvieron una merecida fama son indudables. John Phillips, un veterano fotógrafo de LIFE, rememoraba en estos términos su conversación con su colega Margaret Bourke-White en una lancha de salvamento,recién rescatada la famosa reportera neoyorkina del barco torpedeado en el que viajaba durante la II Guerra Mundial: “Al preguntarle cómo había ido, Margaret me respondió: Había un cielo K2, apantallado con una luz sombría y amarillenta; ideal para tomar buenas fotos”.

A partir de la guerra de España, los reporteros, equipados con cámaras ligeras y diminutas, aportaron su arrojo para que los medios de comunicación compartieran, a través de su mirada, el mundo al mundo. Claro que los tiempos han cambiado desde aquel 23 de noviembre de 1936 en el que apareció por primera vez la revista LIFE.

Inspirados por sus ideales y tras admirar una portada precisamente de Margaret Bourke-White, una infinidad de jóvenes aventureros decidió recorrer los confines del planeta, a guisa de modernos caballeros andantes, deslumbrados por el prólogo tan sugerente que escribió su fundador Henri Luce en un editorial histórico que definiría los ideales de una nueva generación de reporteros:

Y ese prólogo rezaba así:

“para… ver la vida; ver el mundo; ser testimonio visual de los grandes acontecimientos; observar los rostros de los pobres y las gestas de los poderosos; ver lo extraño -máquinas, ejércitos, hordas, sombras en la selva y sombras en la Luna. Ver el trabajo del hombre -sus pinturas, sus viajes y sus descubrimientos; ver situaciones a miles de kilómetros; situaciones ocultas detrás de los muros y en las habitaciones, situaciones peligrosas que acaecen; ver y adquirir el placer de ver; ver y asombrarse; ver y aprender…“.

A pesar del tiempo transcurrido esos ecos todavía no se han acallado y por eso hay fotógrafos que prueban fortuna como fotoperiodistas, como lo hicieron en una época que nunca volverá Robert Capa, Margaret Bourke-White, Henri Cartier-Bresson o John Phillips entre tantos miles.

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