Extraído del libro “Ayúdame a MIrar”. Photoclub Anaya, 2019

Charles Bonnay

El anecdotario de éxitos y de situaciones embarazosas de los reporteros gráficos es inagotable. Cuesta imaginarse a un fotógrafo regordete y con barba disfrazado de señora embarazada a punto de dar a luz, para llegar hasta la habitación del hospital de Figueres donde agonizaba Salvador Dalí. En realidad, Miquel Ruiz no buscaba conseguir esa exclusiva. Solo apostó con sus compañeros que sería capaz de traspasar el cinturón de policías y militares que custodiaban la habitación. En Girona se las gastan de esa guisa. Le dio un ataque de risa cuando llegó a la puerta y todavía reía cuando salió del hospital, sin tocar el suelo, descubierto en el último momento por los servicios de seguridad. Pedro Madueño, al contrario, estuvo dos años tocando a la puerta de la Torre de Galatea para conseguir los retratos que al final pudo tomar del pintor de Portlligat. Estrategia y tenacidad.

Anécdotas que ilustran los recursos de los reporteros para conseguir las mejores imágenes no te faltarán en este libro, incluyendo algunas actitudes suicidas como la que explicaba Enrique Pérez de Rozas en el programa de TV3 Fotografies: cuando se casó el príncipe Rainiero de Mónaco con Grace Kelly, los paparazzi iban locos por conseguir una foto no oficial de la pareja porque, por razones de protocolo, se desplazaban por separado. Una filtración les informó que al día siguiente viajarían juntos, y un grupo de reporteros se apostó en una curva para obtener el documento. «Para detener el vehículo —recuerda Pérez de Rozas—, dos colegas se tiraron a la carretera y podrían haberles atropellado con facilidad».

Pero la acción más contundente para ilustrar el carácter de un auténtico emprendedor se la podríamos otorgar al francés Charles Bonnay. Según una historia apócrifa que le contó el editor Sean Callahan a Howard Chapnick, el día que se presentó a buscar trabajo al despacho de Roger Thérond, el redactor jefe de Paris Match le exigió que aportara una buena razón para contratarle. Bonnay le respondió:

-Porque soy imprescindible para ustedes. Hago lo que no hacen los demás.

Y acto seguido abrió la ventana y saltó a la calle desde un segundo piso. Cuando Thérond, lívido, asomó la cabeza esperando ver el cadáver del suicida reventado contra el pavimento, se encontró a Charles Bonnay de pie, sacudiéndose el polvo de la americana, mientras le decía: «¿Ha visto?». Inmediatamente empezó a trabajar para la revista. El secreto es que había sido paracaidista y había aprendido a caer bien desde las alturas.

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