Estamos en Sicilia y Vito Corleone, disfrazado de Marlon Brando, me observa desde una camiseta mientras sostiene un cigarro encendido en su mano derecha. Decido buscar iconos como, por ejemplo, las marionetas típicas de la isla. Desde un aparador de la Via Vittorio Emanuele me contempla un caballero de aire quijotesco esculpido con maravillosa naturalidad. Una vez tengo su retrato lo suyo sería continuar el camino. Craso error. Esta es una de las trampas de la fotografía digital. Confirmas en el respaldo de la cámara que tienes lo que buscabas y te privas de la oportunidad de mejorar lo que has conseguido. Mi inconsciente me avisa que no me marche. Me quedo pero ¿para qué?

De repente reparo en un diminuto bodegón de tapones de corcho rematados por cabezas de árabes y cristianos con unos plumeros que no tienen mucho que envidiar a las aves del paraíso. ¡La conjunción África-Europa! Esto lo quería expresar desde que reparé en la gran cantidad de emigrantes africanos de Palermo, la tierra prometida de las pateras, un pie en Europa. Sí, ahí está todo reunido y me gusta más la fotografía por sus detalles coloristas.

Hoy es Domingo de Ramos y renuevo mi propósito de visitar lugares de culto. Me encamino a las iglesias principales y observo a los feligreses. Ante todo se trata de captar el ambiente sin incomodarles. ¿Cómo? El disparador electrónico de la E-M1 Mark II es absolutamente silencioso. La pantalla posterior abierta para fotografiar sin “apuntar” a nadie me permite obtener tomas espontáneas sin dar la nota.

En La Maturana, mi iglesia preferida en Palermo, a los turistas no les dejan acceder a su interior durante el oficio, pero entro con las manos en los bolsillos. Desplazarse sin maletín con un equipo reducido otorga esos privilegios y en el transcurso de la ceremonia aprovecho el paseo de los cuatro sacerdotes ortodoxos que dirigen el oficio y les fotografío discretamente. Uno me observa de reojo. Es un aviso que me aconseja bajar la cámara. Los fotógrafos debemos entender ese tipo de señales. Hay miradas que te dicen “ya basta” y otras miradas que te alientan a seguir adelante. Lo importante es que nadie se sienta incómodo con tu presencia.

Y para acabar la jornada una pizza en un barrio alejado del centro histórico, haciendo cola con los locales para llevármela. En estas situaciones, mientras espero que esté lista, me gusta tomar fotografías. Es una manera de matar el tiempo y, a la vez, como no suelen recibir visitas turísticas, casi nadie te hace mucho caso. Un hombre acaricia a un perro y reparo en los colores parchís que hay delante, rojo, azul y amarillo, pero el pizzaiolo se mueve constantemente. La jugada es esperar que esté todo bien alineado y aprovechar esa fracción de segundo. Puesto que ha sido un día de iglesias ruego a Dios que el hombre continúe interaccionando con el perro, que ahora se levanta sobre dos patas, mientras el pizzaiolo se aproxima al mostrador. Por un instante se obra el milagro. Aprieto el disparador  y la cámara congela la escena.

Como curiosidad añadiré que la mayoría de pizzas que la gente pedía eran de patatas fritas y salchicha de Frankfurt.

-“Es típico” –comenta la señora de la caja mientras me cobra una pizza más convencional, flanqueada por un retrato de la Virgen y otro del Padre Pío.

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