Por descontado que he trabajado días y días organizando los pormenores de la Vuelta al Mundo con la E-M1 Mark-II de Olympus. Hoteles, conexiones, contactos a través de las redes, búsqueda de asientos bien situados en los aviones… he intentado ligar tantos aspectos como ha sido posible para permitirme el lujo de vagar sin rumbo. Hasta le he pedido a mi hija que me tome un retrato. Pero ahora vienen otras decisiones importantes como, sin ir más lejos, el equipo, el tamaño y el peso. Como siempre le consulto a mis referentes. Podría hacerlo de verdad, enviándoles un correo electrónico, puesto que con el transcurso de los años he intentado, no solo seguir sus pasos, sino generar algún tipo de vínculo. Pero en realidad imagino qué harían ellos. Por mayoría abrumadora su respuesta sería “viaja liviano”. Les escucho y manos a la obra.

¿Equipo? La E-M1 Mark-II con mi objetivo favorito, el 17 mm f/1,8 (equivalente a un 35 mm en paso universal puesto que su sensor es de 4/3) y dos lentes diminutas que se acomodan en el bolsillo. Dejaré el zoom en casa. Me decanto por la fórmula clásica: un 12 mm f/2 y un 45 mm f/1,8. Vamos, un angular generoso y un teleobjetivo corto, perfecto para tomar retratos convencionales en condiciones de luz escasas con su excelente luminosidad. Y como maletín una sencilla riñonera en la que introduzco sin estrecheces la cámara y las dos lentes, dotada de compartimentos exteriores para la batería y las tarjetas de memoria. No suelo hacer demasiadas fotos y uno de los propósitos del viaje es tomarme las cosas con calma. También guardo en un bolsillo interior las tarjetas usadas y las llevo encima conmigo por si algún día entran ladrones en mi hotel.

Respecto al equipaje, quizás porque llevo cuatro décadas viajando por el mundo, soy consciente de que cada aventura requiere una maleta diferente. Me decanto por la que compré hace 35 años. Una trotinada “Alpina” que en realidad es una maleta con correas que la transforman eventualmente en mochila y me propongo un límite de peso de ocho kilos, mi número de la suerte. Aparte el estuche fotográfico, en el que incluyendo dos cargadores (en otra vuelta al mundo, en 2010, el único que llevaba explotó al conectarlo a la corriente en Nueva Zelanda y me costó dios y ayuda encontrar un modelo compatible para mi Nikon) un diminuto y anticuado ordenador Asus que estrené en ese mismo periplo, baterías, dos discos duros, tarjetas de memoria, un mini flash, cables… me aseguro que su peso no exceda los cinco kilos. Lo justo para que mi espalda, cuando la aventura esté en sus últimos derroteros, no parezca una carretera de montaña. No puedo garantizar que no me roben o quizás me descuide algo en cualquier parte[1], pero equipado con pocas piezas será más fácil tenerlo todo bajo control.


[1] ya se sabe que los genios somos despistados

¡Ah! Y tapones que me permitan aislarme de los incívicos que armados con un teléfono móvil se pasan largos períodos hablando a grito pelado y no me permitirán concentrarme si necesito aprovechar trayectos largos para avanzar con mis notas. Quiero usar todo mi tiempo libre para fotografiar. En este oficio nunca sabes cuándo surgirá la oportunidad y la inspiración más vale que te llegue cámara en mano y con una discreta libreta para subrayar tus impresiones.