Algunos internautas me preguntaban durante el viaje cómo me he organizado. La verdad es que todo ha salido redondo, de acuerdo con lo previsto y sin ningún incidente remarcable, fuera de las dos orcas que invadieron la bahía de Gaansbai en Sudáfrica y ahuyentaron a los tiburones blancos. Pero, claro, siempre surgen imprevistos que los solventas como buenamente puedes. El secreto de que todo haya ido sobre ruedas fueron las semanas de trabajo previo en que busqué temas, encontré contactos que luego resultaron de infinita ayuda (algunos gracias a las redes), me beneficié de una logística impecable y pasé horas navegando por internet para llegar a cada una de las etapas con ideas concretas. Al final cargué en el teléfono y en el ordenador archivos PDF con la información más relevante.

Es cierto que a veces no pude hacer lo que tenía planeado y en la medida que se desvanecían el plan A y el B abordé ideas que no se me habían ocurrido, pero sobre el terreno, en la medida que me impregnaba de la atmósfera del lugar y a menudo en conversaciones informales, surgían los temas. Dependía del tiempo, las circunstancias y la casualidad, pero el mundo también es improvisación y conviene flexibilidad si pretendes fotografiarlo.

También he estado trabajando dos meses entre catorce y dieciocho horas cada día, durmiendo un promedio de cinco y sin descansar jamás. No ha habido sábados y domingos porque en los días festivos tenían lugar a menudo los espectáculos más populares. Mi jornada cotidiana era salir del hotel y buscar una historia o, si ya la tenía, resolverla desplazándome a donde hiciera falta y mirando de adecuar la agenda a los horarios en que era posible fotografiar con éxito. Por la noche, a menudo sobre las nueve y casi siempre sin cenar, llegaba de nuevo a la habitación y descargaba las fotos, hacía copias de seguridad, editaba, optimizaba las imágenes para la web y escribía un texto de seiscientas a setecientas palabras de promedio, aparte de charlar con mi familia y contestar algunos correos. Por descontado en los largos viajes aéreos revisaba todo lo escrito. Todo eso con mi viejo ordenador que tiene un Gigabyte de memoria RAM y que apenas puede con Photoshop. Por eso las imágenes publicadas fueron JPG directos de la OM-D E-M1 Mark II. Cada una de las sesenta entradas me ha supuesto más de tres horas de trabajo, sin contar el tiempo dedicado a fotografiar.

La maleta de viaje pesaba poco. Aparte de transportar tres grandes libros[1], me llevé dos pantalones y media docena de camisetas y algo de ropa interior que lavaba casi siempre a media noche tras finalizar las tareas “urgentes”, un jersey ligero, un anorak plegable y un canguro. Complementando la ropa un neceser, un botiquín y enchufes de todo tipo que ocupaban la mitad el espacio.

Fotográficamente dos discos duros para hacer copias de seguridad, el ya mencionado Eee PC de Asus (lo venden a 89 € en E Bay) tres ópticas fijas (14 mm f/2, 17 mm f/1.8 y 45 mm f/1.8), la Olympus O-MD E-M1 Mark II y una pequeña compacta submarina, la Olympus Stylus TG-4, para fotografiar a los tiburones. Aparte de cargadores y otras milongas. Los objetivos en un pequeño estuche acoplado al cinturón y la cámara en una riñonera donde también caben tarjetas y baterías. ¡Ah! Y un bloc de notas para anotar datos, conversaciones e ideas que surgían sobre la marcha.

Hay “Olympistas” que me han pedido que les cuente la configuración de mi cámara. No hay secretos. Con la ruedecita de delante subexpongo o sobreexpongo y con la de atrás amplío la foto para revisarla. Trabajo en programa o en prioridad a la velocidad cuando hace falta y fotografío en raw + jpg. El primero lo trabajo en casa y el segundo sirve para revisar en mi ordenador lo que he hecho o para colgarlo en las redes bajando la resolución.

Por último, el viaje surgió de algunas conversaciones que tuve con el departamento de marketing de Olympus cuando apareció la OM-D E-M1 Mark II. La idea de probarla en un recorrido fascinante, colgando entradas diarias para poner a prueba la respuesta de la cámara, les entusiasmó desde el primer momento, pero hizo falta tiempo y esfuerzo por parte de todos para que cristalizara el proyecto.

Para Miquel Àngel, Mireia, Albert y Alicia mi agradecimiento, así como para todos los amigos[1] que me han ayudado desinteresadamente para que cristalizara tan ambicioso viaje. Por descontado también Anna, mi mujer, tuvo el mérito de cargar con la responsabilidad de toda la producción. Y gracias a vosotros por que habéis tenido la paciencia de seguirme y habéis llegado hasta aquí. Confío que estas vivencias fotográficas y sociológicas os hayan inspirado en la medida que me he esforzado por compartir tantas emociones.

[1] La última vuelta al mundo en ochenta días” de Luis Pancorbo para inspirarme, “Amar es mandarlo a la mierda y querer irte con él” de Ivanka Taylor para reír y “Cien Años de Soledad” de Gabriel García Márquez para disfrutar del mejor libro del siglo XX.

[1] Dario en Roma, Juan en Catar, Victoria en Sudáfrica, María y Sergio en Tailandia, Ricardo en Japón, Carlos y Rodrigo en Chile, Marimer y Herzen en Miami y Carlos López en Nueva York, entre muchos otros.