Un acontecimiento se puede narrar, desde el punto de vista fotográfico, de dos maneras: mediante una sola imagen que como propugnaba Doisneau explique un tema sin contar el final; o mediante un conjunto de fotos que se complementen. En los reportajes fotoperiodísticos es fundamental que, una a una, o en su totalidad, se cumpla por encima de todo la tarea de informar.

Con frecuencia se considera las grandes fotografías de la historia como un capricho de la fortuna cuando en realidad, la mayoría, fueron el resultado de una exhaustiva labor organizativa. O, como apuntaba Gjon Mili: “Una buena fotografía es una breve colisión entre la previsión y la suerte“, la recompensa por el esfuerzo de estar situado en el lugar oportuno, en el momento adecuado. Cuando alguien compra un décimo de lotería todos los días tiene más posibilidades de que le toque un premio que si solo juega de vez en cuando. Lo mismo sucede en fotografía, donde la fortuna está casi siempre ligada a la perseverancia. Recurría al mismo tópico otra figura histórica, Napoleón Bonaparte, que cuando le proponían una candidatura para que ascendiera a general murmuraba: “Sí, es brillante, pero ¿tiene suerte?”.

De la misma manera que tras el descubrimiento de la fotografía los pintores cesaron de copiar la realidad para explorar nuevos caminos más intuitivos -así surgió el cubismo, el impresionismo y otras tendencias estéticas que pocos habrían imaginado antes de Niépce– el advenimiento de la televisión obligó a los fotógrafos a buscar un estilo más avanzado, más alejado de la mera descripción: “El asunto no consiste en recolectar los hechos, puesto que los hechos, en sí mismos, no tienen apenas interés. Lo importante es elegir entre ellos, de captar el hecho verdadero en relación a la realidad profunda” -opinaba Henri Cartier-Bresson. Captar la emoción es más importante que rendir culto a la belleza para un fotoperiodista porque la clave reside en su sensibilidad y en su habilidad para contar los acontecimientos, explicar qué sucede y aproximarse a las razones más recónditas.

Al final todo depende de quién mira y de cómo mira. El resultado cuando la suerte se alía es que surgen fotografías que emocionan, invitan a la reflexión y sacuden de lleno los sentidos. Una imagen efectiva sobre un aspecto negativo, por ejemplo, no debe mostrar sólo cosas tristes, si no poner triste al que la mira. De ahí el tópico de la imagen que vale más que mil palabras, aunque sea tan difícil obtener una que de verdad sustituya un discurso escrito y bien vertebrado. Sólo el esfuerzo y la mirada del fotoperiodista consiguen que una historia que sería vulgar se transforme en un latido porque transmite ideas reforzadas por sentimientos.