Tino Soriano-1982 – Mi problema consistía en qué cámara utilizar entre múltiples opciones. (Foto de Xavier Martí Alavedra)

A menudo la gente se acerca sonriente, blandiendo una cámara sencilla, y me comenta que hace buenas fotos. De hecho, tal como las ven en el respaldo de su dispositivo son estupendas. Y no digamos en la pantalla de un teléfono portátil o de una tableta digital. Muchas procesan las imágenes con colores brillantes (o por lo menos ofrecen esta alternativa en el menú) y sin duda los resultados son satisfactorios.

Entonces ¿por qué gastarse mil euros o más en una cámara digital, si invirtiendo menos de la mitad las fotografías sale tan bien?

La respuesta, aunque es de sobras conocida por los aficionados avanzados o por los profesionales, reside en la capacidad del sensor para registrar imágenes con calidad a pesar que impere poca iluminación, sin generar una granulación denominada “ruido” en el argot que afea el aspecto de las fotografías. Un sensor capaz  de fotografiar en condiciones de luz débil, sin dejar evidencia de sus carencias, también permite tomar fotos a una velocidad relativamente rápida. Al menos lo suficiente para que la foto no salga movida, un detalle fundamental para llevar a buen puerto cualquier toma. Y si la cámara dispone de efectivos sistemas de estabilización, mucho mejor. Un aporte que, por descontado, eleva su precio.

-“Bueno –puede alegar el orgulloso propietario de la cámara barata- pero para eso está el flash ¿no?

Pues no. El flash cambia totalmente la atmósfera del lugar, la misma que incita a tomar la fotografía. Aparte, su destello suele tener poco alcance. De hecho solo ilumina objetos cercanos con una luz frontal (los flashes avanzados pueden dirigir su antorcha al techo o admiten accesorios para suavizar el destello) que oscurece en general el fondo y destroza las texturas. El flash incorporado en las cámaras es más útil para suavizar las sombras del rostro a mediodía, que no para iluminar interiores oscuros. De ahí la importancia de un buen sensor. Y ese tipo de tecnología es más caro, por descontado, que la que aportan las cámaras más económicas.

La segunda razón por la que una cámara es más costosa que otra es la rapidez que actúa cuando el usuario aprieta el disparador. Las más económicas sufren un retardo de fracciones de segundo cuantificables, o a veces más (en función de lo que tarde en enfocar) y aunque una respuesta lenta no es importante cuando se fotografía un edificio, un paisaje o incluso para tomar un retrato convencional, en el momento que el fotógrafo necesita una respuesta inmediata que le permita congelar cualquier acción también afecta al precio.

Los expertos elegimos en qué momento deseamos “capturar” el momento. No sé, por ejemplo, cuando una persona camina y tiene las dos piernas abiertas perfilando una “uve” perfecta; o cuando un pájaro vuela con las alas desplegadas; o cuando una acción deportiva se revela en su máxima expresión. El último modelo de Olympus, la EM-1 Mark II, permite recuperar los catorce fotogramas anteriores a la toma, de manera que es casi imposible “llegar tarde”. Claro que hablamos de prestaciones nunca vistas hasta ahora. Todo sea dicho, también es un buen momento para comprar su antecesora a precio de ganga e iniciarse en el sistema. Yo he estado trabajando los últimos tres años con ella y los resultados están en mi web. Las imágenes que he tomado en China son un buen ejemplo de su versatilidad.

China – Guangxi – Niña de la etnia Yao – 1/30 seg a 250 ISO – Cámara Olympus OM-D EM-1

Una cámara capaz de resolver esos retos no puede valer igual que otra con un sensor muy básico, poca estabilidad, lenta enfocando, o con un retardo considerable. Esta es la razón por la que unas cámaras cuestan más que otras. También podríamos añadir el prestigio de la marca. De la misma manera que, a igualdad de motor, un Audi es más caro que un Volswagen o un Seat, también una Leica cuesta más que una Lumix o una Ricoh, por ejemplo, si las prestaciones son homónimas. Este es un factor secundario quizás, pero también incrementa el precio final. La marca aporta un valor añadido.

De ahí que, a la hora de valorar el precio de una cámara valga la pena tener en cuenta esos detalles. Y además la calidad de las ópticas, la posibilidad de intercambiar lentes, la estanqueidad del sensor, la información del visor, el formato de vídeo… Los dispositivos no suelen ser caros por capricho del fabricante. Por lo general, a mayores prestaciones, precios más elevados y, por descontado, menos compradores. Yo diría que los tiros van por ahí. Se trata de que busques la cámara que necesitas para tus necesidades reales. En la medida que te vuelvas más exigente ya apreciarás la utilidad a otro modelo con más prestaciones, pero tiempo al tiempo.

Tino Soriano-2016. Ahora trabajo con cámaras pequeñas como por ejemplo la Olympus Pen (en la foto) o la EM-1 Mark-II y con ellas resuelvo el 95% de mi trabajo. No hay que perder la cabeza. Lo importante son los 30 cm. detrás del visor… y la tecnología que necesites.