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Cristianos que se clavan en la cruz para refrendar su amor por Cristo, anónimos penitentes que se desuellan la espalda a latigazos, cadáveres enlatados en blancos ataúdes expuestos varios días en el mercado para recoger ofrendas en metálico, sarcófagos que cuelgan entre los riscos, aldeas rodeadas de unos laberínticos arrozales tan bellos que son patrimonio de la Humanidad, playas paradisíacas que suministran un pescado fresquísimo, monos que se suicidan porque no soportan su cautiverio, mariposas gigantes que se posan en el hombro de los niños, pobreza extrema de Manila entre casinos, centros comerciales de lujo  y rascacielos resplandecientes a prueba de terremotos, atascos de tráfico a todas horas soliviantados por los colores vistosos de los jeepknees y de los triciclos (el popular transporte de las islas), familias que viven en las tumbas de los cementerios y duermen en el interior de los nichos, prostitutas especializadas en robar móviles, extranjeros paseando con jovencitas que podrían ser sus nietas, travestidos educando a la comunidad en las artes de la danza, iglesias atestadas de devotos con sus galas festivas, sacerdotes sonrientes predispuestos a dar manga ancha a los turistas curiosos, los huesos de los antepasados en el comedor de las comunidades de las montañas y, en general, gente maravillosa y afable encantada de acoger a los escasos visitantes que recorren las Filipinas.

Me apetecía participar, aunque sólo fuera como asombrado espectador, de la Semana Santa en el país que con toda probabilidad posee el fervor católico más prominente del mundo; tanto que hasta la propia iglesia reprueba las manifestaciones de dolor que sus feligreses más fanáticos organizan para mostrar su infinito amor al Nuevo Testamento.

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El Jueves y el Viernes Santo, los jóvenes, tras donar cantidades económicas a la iglesia detalladas en un listado con nombres y apellidos exhibido en público, desgarran su espalda, la descuartizan con el filo de varias botellas rotas y empiezan su peculiar Vía Crucis en estricta formación, golpeándose la herida con una especie de pala que, en su punzante recorrido, salpica de sangre a los curiosos. Jóvenes asistentes y a veces incluso los niños más pequeños golpean con saña las heridas de los penitentes, por si el Mesías no estuviera lo bastante satisfecho con los latigazos, y les propinan patadas o les azotan con una vara en las extremidades para que el escarmiento sea completo. Los penitentes se levantan renqueando y caminan rumbo a la iglesia principal en donde le mostrarán a Dios una espalda que, tras el castigo, adquiere una curiosa forma de corazón.

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A hora y media de Manila, el espectáculo más popular se programa de un año para otro: la crucifixión real de varios devotos en tres cruces para conmemorar el momento cumbre de la Semana Santa. El personaje central, Ruben Enaje, a pesar de sus rasgos filipinos, muestra una cierta semejanza con la imagen más icónica de Jesucristo. Los dos ladrones, tan solo ligados con cordajes rojos, ceden el protagonismo a la figura del Salvador. La Redención por el Dolor es el mensaje que trasciende, bien secundado por figurantes ataviados de soldados romanos y de otras figuras bíblicas claves como la Verónica o la Virgen María, junto a un pequeño somatén de sanitarios que una vez descolgado el protagonista de la cruz lo transportará en camilla hacia un centro médico.

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Como las vacaciones en este periodo son cortas lo ideal es combinar estas fechas con viajes a diferentes islas y aprovechar los días anteriores al Jueves Santo para visitar, además de Manila, las montañas que rodean Banaue y maravillarse por la intricada arquitectura de las terrazas de arroz de Batad, patrimonio de la Humanidad por la Unesco o visitar las cuevas de Sagada y contemplar los ataúdes colgados en los riscos en un precioso entorno cárstico cerca de esa localidad. El trayecto transcurre entre vistas espectaculares y, para bendecir al visitante, se erige en la cima del puerto de montaña donde se inicia la provincia de Ipugao una virgen gigante, otra tradición filipina cuyo máximo exponente son unas figuras de Jesucristo en Roxas City (Cápiz, isla de Panay) tan grandes que permiten a los feligreses ascender hasta su cabeza por el interior.

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