foto de Selma-1Un inteligente olvida enseguida un fracaso. Un imbécil no olvida jamás un éxito”. Refrán popular.

Antes de la popularización de internet, con frecuencia la obra de los grandes reporteros sólo conseguía cierta difusión tras largos años de trabajo en el anonimato, como sucedió, por ejemplo, con Jacques Henry Lartigue, Vivian Maier o Cristina García Rodero. Ahora una buena campaña publicitaria y la capacidad de expansión de las redes sociales han cambiado radicalmente el proceso. Pero el éxito no siempre se asimila bien. La fotografía, por su condición exhibicionista y su marcado carácter competitivo, al que no son ajenos los concursos, los elogios en el ciberespacio y la restringida oferta profesional, da pie con facilidad a envidias o a egocentrismos injustificados.

En este sentido es un error tomarse este oficio como una pugna, aunque sea una de las profesiones más competitivas del mundo. La obsesión por el triunfo, por ser el mejor, certifica una manera anómala, obsesiva y enfermiza de entender la profesión. La presión, el afán de reconocimiento, envenena los corazones.

En esta especialidad la envidia aparece con facilidad. Es fácil caer en la tentación de creer que los méritos de los demás solo son el resultado de buenos contactos o de una habil campaña de promoción, como si el éxito dependiera de las relaciones públicas y no de la calidad. Negar las cualidades de los otros es una excusa fácil para justificar el trabajo mediocre o la falta de experiencia.

El reportaje no es un cuento de hadas. En esta profesión, más que en ninguna otra, son frecuentes los tropiezos. Muchos fotógrafos venerados hoy en día, en su momento carecieron de encargos profesionales durante muchos años. Xavier Miserachs, por ejemplo, cuenta circunstancias muy tristes en sus memorias y el mismísimo Eugene Smith, tras abandonar Magnum y LIFE, se pasó casi dos décadas sin un trabajo estable y pocas fotos de este periodo son conocidas hasta que resurgió, como un Ave Fénix, con su reportaje de Minamata.

Desde la perspectiva profesional es difícil prever el futuro. Los planes varían en función de una llamada telefónica o de un email. Hay pocas publicaciones para satisfacer el número de personas que les gustaría ganarse la vida con una cámara y esta circunstancia genera tensiones, aviva los espíritus competitivos, las envidias y los rencores. En una actividad en la que hay una competencia brutal, la clave quizás sea esmerarse para conseguir un estilo original.

Para alguien que desee vivir de la fotografía es más práctica la admiración por el trabajo bien hecho de los demás, que no la ponzoña y la envidia. Hay que aprender de los otros para labrarse un camino propio: “El principal instrumento de un fotógrafo son sus ojos. Sin embargo muchos fotógrafos usan los ojos de otros fotógrafos: esos fotógrafos están ciegos” – decía Manuel Álvarez Bravo. Por encima de todas las cosas, para ser un buen reportero, para ser un comunicador eficaz, es imprescindible ser buena persona.