George Rodger fue uno de los cuatro fundadores de Magnum. En su día no dudó en renunciar a un futuro prometedor, amparado por la protección de poderosos medios de comunicación como la BBC o Life, y se estableció en lo más profundo de África, el continente que le tenía el corazón robado. Lo mismo que Samuel Aranda hizo décadas más tarde, aunque, en el caso del reportero catalán emigró porque en España hay pocas oportunidades y la cultura hispánica propicia que cuando alguien hace las cosas bien, enseguida le salgan detractores. Arcadi Espada y su propensión a arremeter con su pluma contra los fotógrafos que han ganado los premios más importantes del mundo en la especialidad de prensa, como Bauluz y Aranda, sería un ejemplo.

El menos popular del cuarteto de Magnum, George Rodger, no fue, desde luego, un coleccionista de distinciones. Renunció a Europa tras fotografiar el horror de los campos de concentración de Bergen-Belsen, finalizada la II Guerra Mundial. “Yo estaba interesado en las minorías que pueblan el mundo, quizás gente oprimida, los africanos que carecían de voz por sí mismos. Me gustaba sentir que fotografiando y escribiendo sobre los países subdesarrollados, mis fotos podrían servir para algunos propósitos reconfortantes– escribió.

Para Rodger era una pérdida de tiempo realizar alguno de los reportajes que se suponía que le tocaba hacer por estar en la plantilla de determinadas revistas. Buscaba obtener un testimonio de lo que llamó ‘El África que se desvanece’ . La vida salvaje que se estaba perdiendo rápidamente, a la vez que las últimas tribus primitivas.

Las redes y la tecnología digital han propiciado que la competencia sea monstruosa. Esto desanima a los principiantes que aspiran a trabajar como reportero y, a lo sumo, deciden probar suerte en alguna otra especialidad más cómoda o mejor renumerada.

Pero el fotoperiodismo es una profesión muy competitiva y este es uno de los aspectos más desesperantes de este oficio. Para conseguir algunos encargos, tanto los recién llegados como los fotógrafos más expertos, tienen que buscar sorprender a su cliente, a su mecenas y, en cualquier caso, a los espectadores. Una tarea nada fácil en la era de lo inmediato.