La fotografía es una fuente inagotable de asombro pero las imágenes icónicas, las realmente buenas, son escasas. Son un bien preciado porque su poder es ilimitado. Por eso cuando a un gobierno le conviene la presencia de reporteros gráficos para sus propios intereses, proporciona facilidades. La foto del cadáver del Che Guevara en Bolivia es una buena muestra de la servidumbre de la prensa con el poder.

Analizando el contenido de las imágenes que consiguen la máxima difusión, no hay duda de que las fotos aumentan su efectividad en la medida que sugieren y dan pie a la reflexión; no cuando describen mecánicamente lo qué había delante de la lente, a la manera de la mecánica de muchos vídeos en los informativos de televisión. Es la mirada, la sensibilidad del ser humano que empuña la cámara, la que insufla vida a la imagen. Sólo un cerebro sabe cómo impactar en otro cerebro. O, si lo prefiere, cambie cerebro por corazón y construya la misma frase.

Las imágenes cinéticas suscitan otro tipo de emoción: ¿quién no recuerda, del año 2002, la secuencia del padre palestino protegiendo del fuego israelita con su cuerpo a su hijo, durante la dura represión que generó Ariel Sharon en la Intifada de Al-Aqsa?… Y el patético desenlace de la secuencia, el ruido del tiroteo… los gritos desesperados… el tono del presentador… la muerte del niño de 12 años Muhammad Al Durrah y del conductor de ambulancia que intentó rescatar a padre e hijo. Un hecho que niegan las fuentes judías. Para los palestinos fue un icono, para los israelitas, un fraude.

En este enlace, una recopilación de vídeos con los argumentos de ambos bandos.