La fotografía se distingue de la pintura, no sólo por su realismo, sino por su capacidad de congelar el tiempo y el espacio. El espectador especula, sin apercibirse, sobre lo que sucedía en la toma. La mente reflexiona instintivamente sobre los instantes anteriores y siguientes a la foto, como si se tratara del argumento de una película o jugara a adivinar la causa que propició la oportunidad fotográfica y las consecuencias de lo que en ella se expone.

Una pintura se contempla, por lo general, de otra manera. Apreciando el trazo del artista, su habilidad al interpretar la luz, su capacidad para realzar los volúmenes, las perspectivas, los rostros o las vestiduras. “En los cuadros ya casi ocurre la pintura: en la fotografía aún siguen ocurriendo la vida humana y el tiempo” – escribía Antonio Muñoz Molina en el prólogo de la exposición de Ricardo Martín “Sostener la mirada”. La elección del momento más adecuado, la congelación del instante revelador es la cualidad que aporta la fotografía. Reconocer y ejecutar con acierto lo acaecido en una fracción de segundo confirma el talento de un fotógrafo. En este sentido una buena fotografía es la prueba tangible de que su autor sabía qué quería.

El contenido es a veces la gran asignatura pendiente de buenos fotógrafos que dominan con maestría otros conceptos más tecnológicos. Enseñar a tomar fotografías técnicamente correctas y de una plasticidad irrefutable es la finalidad de bastantes planteamientos docentes, pero detrás de una buena imagen hay mucho más: “Un fotógrafo no debería contentarse con efectos fáciles y triviales, como perspectivas exageradas o iluminaciones a contraluz que prolongan las sombras. Debería esforzarse en interpretar lo que ve con sus propios ojos y no lo que aparece bonito en el visor de su cámara” – explicaba Robert Doisneau. Un autor exigente no se puede limitar a describir, debería llegar más lejos, interpretar la realidad y servirla de manera que el lector haga suya la propuesta del fotógrafo.