Si tuviera que destacar algo de Oaxaca apuntaría la afabilidad de sus gentes. Como fotógrafo, el sentido del color que rezuma de todos sus rincones es lo que me llamó más la atención. Es imposible que no te maraville la semana de Todos los Santos si visitas este estado mexicano en la fecha adecuada. Lo revelante no es el santoral, si no que el treinta y uno de octubre los protagonistas son los difuntos.

Las familias pasan la noche en los cementerios, engalanados para la ocasión de flores escarlatas y amarillas que aportan una vida más sugerente a las tumbas decoradas con diminutas calaveras de azúcar y otros objetos. Un símbolo del Día de Muertos es La Catrina, una mujer elegante, de aires alcanforados y cubierta por un velo que deja entrever unas órbitas vacías que rompen el rostro inmaculadamente blanco de la difunta.

En la medida que se aproxima el Día de Muertos invaden Oaxaca comparsas de estudiantes y asociaciones con raíces en los barrios, en las escuelas, en las universidades y que finalizan con sus fanfarrias invariablemente en el magnífico Zócalo de la ciudad.

Los niños se disfrazan esos días de esqueletos, de momia, o de cualquier otra criatura abominable que, en otras circunstancias, sería capaz de quebrar sus sueños. O, al contrario, como la pequeña de la foto,  le aportan un toque de serenidad y de belleza a la mismísima Muerte.

Las orquestas anuncian su inminente llegada a toque de trombón, clarinete y tambor.  El ritmo de los timbales y las trompetas encabezan un desfile repleto de personajes, desde obispos con ganas de juerga hasta los clásicos monstruos del terror, si bien son una mayoría los que desfilan con el rostro espolvoreado de blanco y grandes ronchones oscuros alrededor de los ojos. Los muertos y las muertas adquieren un ritmo trepidante y se hacen querer.

En el mercado Benito Juárez y, por extensión, en el de Abastos, celebran su particular fiesta grande. La gente acude en masa para comprar, no solo disfraces con los que lucirse por Oaxaca, sino los elementos que decorarán los altares. En las casas y en numerosos comercios los erigen en el rincón más importante y no faltan, además de cruces, flores y calaveras, alegorías a los difuntos. Retratos, fruta, objetos que apreciaban en vida y que les esperan en la noche que acuden a sus panteones, aprovechando que aquel día los muertos tienen licencia para regresar con sus seres queridos.

Los niños corretean de tumba en tumba, los adultos platican, el mezcal chispea los modales de los adolescentes, quien más quien menos toma una foto, se instalan chiringuitos de comida y se organizan toda clase de trapicheos por la senda que conduce a los cementerios. Es la gran fiesta de la Muerte que se prolongará algunos días más en otros pueblos, como en San Agustín, por ejemplo, donde comparsas de personajes con unos disfraces de premio bailan toda la noche frente a la iglesia, después de una representación en la que se airean los chismes que corren por el pueblo y se burlan de las autoridades.

Encima andaba por ahí este año la actriz Jessica Lange, excelente fotógrafa con la que los alumnos y yo compartimos nuestra especial velada. Para cuatro días que vamos a vivir… ¿por qué no visitar Oaxaca el Día de Muertos? El año que viene PhotoXpeditions organizará un nuevo worshop. Y si alguien no se apunta a la tentación fotográfica, siempre puede elegir un día como ese para casarse. Por lo menos hasta que la muerte los separe…