Muchas veces me preguntan cuanto tiempo necesito para resolver un tema determinado. Si no se trata de un encargo, que sabes cuando empiezas y, por narices, cuando acabas, no es fácil responder a esta cuestión. Cuando publiqué el libro Latidos en un Hospital,  agotado en la actualidad, resumí diez años de trabajo en sus páginas, pero esta afirmación no conlleva que durante esa década no hiciera nada más.

Bien al contrario, aprovechaba cualquier hueco entre encargos para profundizar en el mundo de los centros hospitalarios. No siempre con el respaldo de un cliente que me liberara de los gastos de película, revelados y positivado que mi iniciativa requería. Los fotógrafos, incluso los grandes, como Cristina García Rodero, necesitamos fuentes de financiación para abordar proyectos personales porque, por lo general, no hay clientes que paguen poco más que unos contados días de trabajo.

Esta semana he recorrido de nuevo el norte de España a bordo del Transcantábrico. Este proyecto consiste en documentar qué sucede por los lugares que transcurre este tren y lo hago con la colaboración de National Geographic. Desconozco qué salida inmediata puede tener. Probablemente algún reportaje en alguna revista –no es un tema para la amarilla- si bien confío que este proyecto, quizás, tendrá algún fin más imperecedero, como un libro, un multimedia o una exposición.

Aunque hace tres años que inicié el tema,  solo le he dedicado siete semanas. Tiempo suficiente, naturalmente, para hacer un buen trabajo; pero al retomarlo de nuevo, transcurrido un año desde mi última incursión por el norte de España, la verdad es que he visto en muchos lugares ya visitados, cosas que antes no veía.

Y esta es la grandeza del trabajo personal y de la fotografía. Aprendes a ver con más profundidad, a reconocer ahí donde antes pasabas y estabas ciego. Tampoco sabes, si no es un encargo con fecha de caducidad, cuando renunciarás. Mientras tengas motivación para seguir explorando continúas ejercitándote, una y otra vez, y afinas cada vez más tu mirada.

Es un proceso parecido al entrenamiento de los atletas. Y así pueden pasar días, meses o años, hasta que te agotas o las circunstancias te obligan a irte. Marchas, abandonas, como “el boxeador” de Paul Simon; pero tras el esfuerzo, tu mente procesa mucho mejor los estímulos que deberías reconocer para tomar una buena fotografía en cualquier otra parte. La práctica en algunas situaciones repetitivas ha sido la clave para mí.

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