Tres meses transcurridos desde que me trasplantaron la cadera y empezó mi vida a cuatro patas. Primero prescindí de una muleta y ahora ya me atrevo a caminar sin la otra. Eso sí, moviéndome a menudo como un pingüino.

Pero a saltitos o sin ellos (gracias en todo caso a mis fisioterapeutas) necesito volver a tomar fotografías. Prácticamente desde el pasado mes de noviembre que no he tomado nuevas imágenes, puesto que el dolor me impedía los desplazamientos y, por otra parte, la pensión de un autónomo, descontada la cuota de la seguridad social, se estanca bajo mínimos alrededor de 250 €.

Sin embargo soy de los que buscan el lado positivo a las contrariedades. Esta parada me ha permitido actualizar algunos archivos que dormían el sueño de los justos en mi ordenador. Una nueva entrada en mi página web ilustra las imágenes de Asia tomadas hace dos años en unos viajes para ClickDreaming y ahí, rescatando la fotografía de un niño mendigo de Vientiane (Laos), es donde me ha rechinado la expresión “el sueño de los justos”.

En una época en la que el clamor popular se manifiesta contra las indemnizaciones millonarias de determinados banqueros sin escrúpulos, por las primas que cobran los futbolistas por hacer bien su trabajo o por las cuantiosas cantidades que la banca ha atesorado mediante el engaño de las preferentes, por no entrar en más detalles, es hora que prioricemos nuestro destino como sociedad.

Imágenes como la que ilustra esta entrada es el contrapunto a unas frivolidades que nos condujeron a la bancarrota. ¿Qué es eso de los beneficios sin límite? Solidaridad y un comercio justo para combatir el hambre y la pobreza es lo que hace falta. Adolecemos, como sociedad, de dos grandes males: miseria económica y bajeza moral. Y así nos van las cosas.

Cuando vemos a este niño tirado en el suelo, la ruindad de determinados millonarios, reyes del pelotazo, se hace aun más patente. ¡Ojalá esta fotografía no la pudiera tomar nadie, nunca más!