EL PROYECTO KARDELEN

National Geographic Channel ha producido un documental que relata la vida cotidiana de varias niñas turcas, la mayoría residentes en zonas remotas cerca de Siria y de Armenia. De no haber sido por unas becas concebidas por la recientemente fallecida Türkan Saylan, estas niñas habrían sido analfabetas toda su vida, y totalmente dependientes de su marido, con todo lo que conlleva encontrar un trabajo cuando no sabes leer ni escribir.
Diez años más tarde, algunas muchachas han culminado una carrera universitaria y otras están trabajando, gracias al proyecto Kardelen, en puestos de responsabilidad. La enfermera Hanim (abajo) a quien seguimos en un hospital en Estambul, es un buen ejemplo.
El encargo consistió en documentar fotográficamente la vida de diferentes niñas; al mismo tiempo que un equipo de National Geographic Channel, bajo la supervisión de Iván Bouso, productor ejecutivo y co-director del documental, seguía mis evoluciones. Bueno, para ser francos, en realidad era yo el que me adaptaba al trabajo de mis compañeros. Cuando se rueda, la puesta a punto de todas y cada una de las escenas es lenta y meticulosa. Como decía Fernando Fernán Gómez: “A mí me pagan por esperar“. Y yo a menudo estaba más inactivo, pendiente de las indicaciones de Rafa Navarro, que tomando fotos.

La dificultad fue conseguir imágenes “convincentes” con nueve personas (más los fotografiados) a mi alrededor. El rodaje duró un mes y tuvimos que viajar tres veces a Turquía. Era mi segundo documental como protagonista después de Andalucía, el despertar de los sentidos y ya tenía ciertas tablas para afrontar el reto, pero aún así no fue una tarea fácil.
La fortuna nos acompañó y todo salió sobre ruedas. A pesar que el equipo tuvo que viajar por Turquía un tanto a la aventura, el rodaje salió redondo. Aparte de la profesionalidad de todos sus miembros influyó muchísimo el buen oficio de Sibel, nuestra traductora hija de madre vasca y padre turco; y de Gulru, la encantadora delegada de Turkcell, esponsor principal del proyecto Kardelen. No perdieron ocasión para crear buen ambiente donde quiera que estuviéramos. A veces en lugares muy complicados.

El resultado fue una película que se presentó el día 29 de julio en Estambul ante unas 1.000 personas; un pase por la televisión turca el día 1 de julio y una exposición fotográfica.
The Kardelen Project” se traducirá a varios idiomas y se proyectará en diferentes paises a través de National Geographic Channel. Informaré de cada evento más adelante.

De momento, si os apetece conocer algo más de esta historia, os transcribo mis notas de campo para que os familiariceis con algunas de las protagonistas: las maravillosas niñas “Kardelen“, una palabra que quiere decir “copo de nieve“.

DIARIO DE UN VIAJE POR TURQUÍA PROFUNDA

 

DIKME
Piaras de ocas, alineadas como un disciplinado ejército, avanzan por las desoladas planicies. Al fondo, las colinas, suaves y onduladas como un tapiz deforme, influyen en el cauce de tímidos riachuelos. Los rebaños de ovejas, vacas y caballos aportan un toque de vida a un paisaje que, hace ya muchos siglos, fue el granero del imperio romano, pero ahora está yermo.

El clima es rigurosamente extremo. A veces se vislumbran, entremezcladas con el ganado, pequeñas siluetas humanas que se recuecen bajo un sol de justicia en verano, o que tienen que soportar temperaturas de 40 grados bajo cero en invierno.

En Dikme, una pequeña población a treinta kilómetros de Karz, el decorado que he descrito más arriba sigue unas pautas similares, aunque sobresalen dos mezquitas. Alineadas junto a la carretera principal se levanta una ristra de edificios humildes, de una sola planta y carentes de persianas. En el patio almacenan una buena provisión de leña y de estiércol apilonado en forma de pirámide o de tortas, que sirve de combustible para calentarse y cocinar. Las vacas, las ocas, las mulas, las ovejas y las gallinas corretean por los callejones. Los viejos están sentados, mirando quién pasa. Las mujeres, no importa la edad que tengan, están siempre más activas que los hombres.

Cuatro veces al día los niños, enfundados en sus uniformes escolares, desfilan por la carretera sorteando el ganado. Bata azul con la bandera de Turquía en el cuello si van a Primaria; traje y corbata los más adultos. A su alrededor, carros de madera tirados a caballo, vetustos tractores, taxis colectivos y, de vez en cuando, algún descerebrado que conduce con exceso de velocidad y espanta el ganado y a los niños. Pero en general los vehículos circulan por Dikme con parsimonia. La misma que emana todo el pueblo.

En una casa pintada de verde habita la familia Coskunaras. La niña que busco tiene diez años y se llama Damla. La he conocido poco antes, en la escuela. A su padre, Yunus, le faltan dos años para cumplir noventa y, su madre, Hasi, es cincuenta y cuatro años más joven que su marido. Damla me presenta a sus hermanos: Mura, que nació poco después que ella, e Isa, a quien su padre concibió pasados los ochenta.

Hasi, la madre, lleva el peso de la familia. Conduce un tractor que ha conseguido sobrevivir cuatro décadas, cuida unas cabezas de ganado y, sobretodo, dos vacas que, cuando las venda, le servirán para obtener unos ahorros con los que afrontar el gasto de los niños. Ella espera conseguir mil euros por cada animal. Damla, cuando sea mayor, quiere ser médico. “Exactamente –especifica- neurocirujano”.

ERZURUM
Seher Karaca, de 36 años, me observa perpleja cuando su hija Sibel me presenta y me pide que me descalce para entrar en su casa. Ufuk, el hermano menor, apenas dice nada. Sólo tiene tres años menos que Sibel, pero la espléndida presencia de su hermana eclipsa a cualquiera que se le acerque. Es rubia, muy guapa y mira con naturalidad a la cámara. Le sugiero que se haga modelo o que, por lo menos, que practique cualquier arte escénica. Me mira con unos ojos verdes difíciles de olvidar y me confiesa que ese es su sueño. Pero de momento tiene que estudiar. Le gustaría ser policía. De la brigada forense. Quizás influida por alguna serie de televisión.

En el comedor predominan dos cuadros de la Meca, un cofre frigorífico cubierto por una sábana y el retrato de un hombre joven con bigote, el padre. Sibel me da tres besos y le explica a su madre la razón de mi visita. Fotografío algunas niñas becadas por Kardelen, un proyecto que ayuda a unas 10.000 estudiantes cada año en Turquía para que sus familias puedan escolarizarlas. Ambas saben de que va, puesto que Sibel es una de las becadas.

Aceptada mi presencia y mis peticiones, Seher me cuenta que su marido murió en un accidente de tráfico. Sin medios, la familia se trasladó a casa de su suegro. Pero falleció la abuela. Al principio no surgieron muchos problemas, pero cuando el padre de su marido contrajo segundas nupcias, su nueva esposa no paró de porfiar, hasta que el viejo invitó a su nuera y a sus nietos a irse.

Ahora, aprovechando que los propietarios están establecidos en un pueblo lejos del bullicio de Erzurum, Seher y su familia ocuparon el piso y permanecen a la espera que regrese el abuelo. Entonces ya verán lo que hacen. De momento está contenta porque ha encontrado trabajo limpiando casas. El concepto “futuro” no existe. Sólo es importante el día a día. Mañana, Alá decidirá.

Sibel posa como una consumada modelo imitando las poses que ha visto en las revistas. Un poco más tarde Ufuk y otros tres amigos improvisan en el comedor unos cantos de música tradicional. Luego Sibel se acerca con un papel en la mano y anuncia que leerá una poesía. Escucho, más que el contenido que, obviamente, no entiendo, su declamación. Su cara se crispa, la pronunciación es cada vez más pasional, más intensa; enfatiza las palabras, sus ojos adquieren un tinte rojizo y, de repente, rompe a llorar. El ambiente se vuelve tenso aunque nadie la atosiga con la mirada cuando huye entre sollozos del comedor. Seher habla con los niños y, cuando consigo enterarme de lo que pasa, me cuentan que, el párrafo en el que Sibel ha estallado, habla de la ausencia del padre.
NUSAYBIN
La niña que enseguida me inspira en el colegio de Nusaybin, porque éste es un trabajo fotográfico y, como tal, se nutre de la intuición, tiene 14 años y se llama Esra. Pero lo cierto es que padece un problema de crecimiento y aparenta bastante menos. Me cuenta que su madre tiene unos bultos bajo las axilas, quizás un aviso de cáncer, y los riñones enquistados. Sus tres hermanos tienen problemas para respirar. El mediano, Abdülhakim, de nueve años, tose constantemente, pero como es Bayram, me lo encuentro fumando en la calle.

El padre de Esra cayó de un andamio y murió cuatro años más tarde. Cuatro interminables años en coma por su corazón joven y fuerte debatiéndose contra la muerte. Alabando la grandeza de Alá me recibe Tayibe, su viuda, que ahora tiene 35 años y raras veces mira directamente a los ojos. ¿De qué viven? le pregunto discretamente a Dino, el profesor de Esra, un hombre corpulento y efusivo que me confiesa su admiración por Zaratrusta.

-“Los vecinos, siguiendo los preceptos musulmanes, les llevan comida cada día. De las sobras y de la caridad se mantiene toda la familia”.

Taybe ha envejecido prematuramente. Por lo que puedan opinar sus vecinos es reticente a invitarme a entrar en su casa, pero cuando percibe la ilusión que irradia el rostro de Esra, cambia de parecer, me estrecha muy suave su mano y abre la puerta. A su hija le gustaría ser fotógrafa, pintora… no sabe, algo artístico. Me pide la cámara y toma unos retratos excelentes. Luego intercambiamos los papeles y posa para mí, en compañía de nuestra traductora Sibel, con su cara de ángel.

Los ojos de Esra se comen la cámara cuando me observa. Tiene una profundidad en su rostro opuesta a la tristeza perenne de su madre. Para celebrar que es Bayram, la fiesta musulmana que antecede al fin del Ramadán, la niña me cumplimenta con su mejor vestido y se deja fotografiar, orgullosa, aunque a mí me gusta más como estaba el día anterior: con una caperuza encarnada. Como las niñas de los cuentos.

Su madre, y también los vecinos, me ofrecen caramelos y cigarrillos. Taybe, finalmente, me permitió un solo retrato antes de despedirnos. Luego Esra me guió por las calles, invadidas de niñas con su traje más bello y con bolsas repletas de caramelos en las manos. Los niños, por el contrario, blandían pistolas, petardos y fusiles de juguete. Entre explosiones llegamos a Mor Yakub, una iglesia con quince siglos de historia, en la frontera con Siria. Allí está enterrado San Efraín. A Esra, lo que le gusta, es mirar la Biblia en arameo depositada en el altar y ponerle velitas al santo.

El día antes, en la escuela de Esra, una presencia silenciosa, que servía té a los maestros, me llamó la atención. Se llamaba Renzille, tenía 29 años y cinco hijos. Me contaron que su marido maltrataba a la familia, hasta el punto que llegó a clavarle una navaja en la mano a Duygu, su hija mayor. Luego los abandonó a su suerte. Dicen que vive en Mardin, a 60 quilómetros de Nusaybin.

Los seis habitan en una casa ruinosa, equipada tan sólo de un sofá, en el que aceptaron que los fotografiara, bajo un póster torcido de un coche de carreras. En la consola, enfrente, destaca un radíocasete de los de antes, con voluminosos altavoces incorporados y en cuya tapa se amontonan varios recibos. Obviamente hace tiempo que no funciona, pero no se desdice con la decoración. En un rincón unas desvencijadas estanterías guardan los libros y los papeles de las niñas. Por la noche en el comedor duermen los seis. La otra habitación es una cocina de leña. Las letrinas son una covacha inmunda y un tiesto gigante es la bañera.

Tanto Duygu como su hermana menor, Buket, reciben una ayuda Kardelen. Las dos estudian en la misma escuela dónde su madre hace labores de limpieza, y las dos quieren ser policías, cuando crezcan, para meter en la cárcel a los padres abusivos. Ahora, lo que le gustaría a Buket, es una muñeca. Su mirada desprende tanta ternura que no es difícil imaginar como volcaría sobre ella el afecto paterno que nunca tuvo.