RELATO DE UN SECUESTRO
Foto: Petterik Wiggers – Panos Pictures

La Vanguardia ha publicado en exclusiva el relato en el que José Cendón explica su secuestro. Lo que me llamó la atención, de entrada, fueron los comentarios de los lectores. He elegido los primeros cuarenta y los transcribo tal cual, con sus faltas de ortografía y su fonética. Lo cierto es que la mayoría son muy críticos. Podéis leerlos al final de la entrada.

Por si tenéis ganas de oir también su voz, os facilito un enlace a la entrevista que le hicieron en el programa “A vivir que son dos días” de la cadena SER. http://www.cadenaser.com/internacional/audios/entrevista-jose-cendon/csrcsrpor/20090111csrcsrint_1/Aes/ Siempre es más divertido un relato cuando conoces el tono de voz del protagonista.

Me gustaría conocer vuestras opiniones si tenéis la paciencia de leer toda la narración. Yo creo que deberíamos partir de la premisa que José es un fotógrafo excelente (ver: http://www.worldpressphoto.org/movies/index.php?moviename=13CENDON.swf ) y que es muy fácil pontificar desde la comodidad del ordenador. En cambio, es complicadísimo trabajar en los lugares dónde vive y se mueve este reportero. Gracias a fotógrafos como Cendón conocemos realidades que, de otro modo, pasarían aún más inadvertidas. No cualquiera aguantaría en ese entorno. Hay que ser… especial. Juzgar por vosotros mismos.

EL RELATO

El fotógrafo relata en exclusiva para ‘La Vanguardia’ los 39 días que pasó en manos de bandidos somalíes

Por primera vez en mi vida viajaba en un avión en el que podía fumar. Acababa de ser liberado tras cuarenta días de secuestro en las montañas de Somalia y me encontraba en un jet privado hacia Nairobi. Pensativo, encendí mi cigarrillo y mentalmente regresé al momento en el que había fumado mi último pitillo antes de ser secuestrado.

Todo empezó en el International Village Hotel de Bossaso, una fortaleza, el único lugar seguro para un blanco en toda la ciudad, a punto de subirme al 4×4 que me llevaría al aeropuerto. Había estado haciendo un reportaje sobre piratería para The Sunday Telegraph. A mi lado estaban Colin Freeman, el redactor inglés que trabajó conmigo, y Muktar, nuestro traductor.

Apareció Awale, el fixer,un factótum, y dijo que nuestros guardaespaldas ya estaban esperándonos fuera del hotel, lo que nos extrañó un poco. – ¿Por qué no entran? – preguntamos. – Nos esperan fuera para irnos lo antes posible, porque tenemos que llegar al aeropuerto y resolver todo el papeleo y ya es tarde… Nada fuera de lo normal. La confianza que habíamos depositado en nuestros profesionalmente inútiles fixer y traductor era casi plena en lo que se refería a la seguridad. Además, Somalia es siempre así: prisas, estrés, guardaespaldas… y mucho peligro, muchísimo… Siempre defino aquel país como una película del Oeste pero sin el sheriff. La ley no existe y las armas son un instrumento habitual de diálogo.

Tras 17 años en guerra, los somalíes ya no conocen otra forma de vida. Nos subimos al coche, no sin antes bromear con Colin con mi habitual humor negro: “¿Te imaginas que nos secuestran justo cuando nos vamos?”. Los dos reímos. Unos minutos después, camino del aeropuerto, la pick up de nuestros guardaespaldas, tras seguirnos durante un par de kilómetros teóricamente para protegernos, se ponía a nuestra altura y nos decían que parásemos, orden que nuestro conductor cumplió inmediatamente.

Entonces vi. sus amenazantes rostros; aunque vestían uniforme militar, no eran los soldados del Gobierno que nos habían asignado durante nuestra semana de trabajo y comprendí inmediatamente lo que pasaba. ¡Estábamos secuestrados! En unos instantes, que me parecieron décimas de segundo, nos encontrábamos en su vehículo circulando a una velocidad brutal, con una zamarra cubriendo nuestras cabezas: nuestros ángeles de la guarda se habían convertido en nuestros captores.

– Mierda, la cagamos – le comenté a Colin. – ¿Hay algo que podamos hacer?

– No – dije lacónicamente, en voz baja. Mi cabeza funcionaba a cien por hora. Me preguntaba qué podíamos hacer, pero pocas ideas venían a mi cabeza. Los móviles fueron la primera opción, pero nuestros amigos se encontraban pegados a nuestros cuerpos como siameses. ¿Intentar golpear a uno de mis secuestradores y saltar del coche en marcha? Demasiado arriesgado… ¿Qué hacer, entonces? Decidí que la mejor solución era tomármelo con calma. Fue en ese preciso instante cuando comprendí lo que esto iba a significar para mi familia y un terrible sentimiento de dolor y culpabilidad me abatió.

Mis amigos me conocen y saben que estoy relativamente acostumbrado a situaciones de muy alta adrenalina y mi fama de tomarme en serio lo menos posible me haría llevadera la estancia con los secuestradores. Es más, seguramente pensarían que mis compañeros somalíes casi se arrepentirían de haberme secuestrado al cabo de unos días. Sin embargo, también sabía que mis longevos padres acabarían pasando los peores momentos de su vida. Intenté relajarme en un vehículo que debía circular a 140 kilómetros por hora, con ocho Somalíes con kalashnikov y no muy buenas intenciones.

En un momento dado, nuestros captores nos arrebataron bruscamente nuestros respectivos teléfonos y mi paquete de Marlboro. Con el descaro de haber vivido cuatro años en África y sentirme parte de este continente, insistí en fumar un cigarrillo, pero la respuesta fue una señal del conductor de que si no me callaba me pegaría un tiro entre ceja y ceja. Y un golpe en la cabeza que me propinó otro de los secuestradores… – Ok, ok – respondí.

A pesar de su juventud, el conductor hacía gala de una destreza increíble que causó mi admiración a pesar de la amenaza que me había dirigido, manejando aquel vehículo a velocidades desorbitadas por una carretera de grava y piedras. Aún así, le comenté en inglés y utilizando gestos: “No vayas tan rápido, tío, no quiero morir en un accidente”, Por supuesto, hizo caso omiso. Al cabo de unos tres cuartos de hora notamos sacudidas en el coche: habíamos pinchado. Paramos y nos obligaron a bajar del automóvil a punta de fusil. Me arrancaron violentamente la riñonera donde llevaba el dinero y mis documentos, para contar los tres mil dólares que portaba y a continuación comenzar a escalar la primera montaña que se alzaba frente a nuestros ojos. Colin también portaba un monedero oculto bajo los pantalones, y me preguntó si debía dárselo a los secuestradores. “No digas nada, que hagan su trabajo”, asesté.

Eran las doce del mediodía. Sin perder un segundo comenzamos a caminar. Subimos y bajamos montañas por los lugares más escarpados que transité en mi vida. Ocasionalmente, parábamos a tomar un breve respiro, beber el agua embotellada que portaban y comer chocolatinas Mars. “¡Ojalá tuvieran Snickers!”, pensé. En uno de estos descansos, nos cachearon minuciosamente y descubrieron el botín de Colin, otros tres mil dólares y diversos documentos. Hey, aquí está el dinero, comentó mi compañero inglés sonriendo, con su habitual sentido del humor. Ellos, sin prestarle mucha atención, lo contaron, examinaron sus tarjetas y decidieron que era hora de seguir nuestro rumbo.

El camino era duro y necesitábamos combatir el estrés, así que en la siguiente parada les pedimos cigarrillos y, aunque tenían muy pocos, nos dieron un par. Colin había dejado de fumar en 1992, pero lo aceptó. – Este es un buen momento para comenzar a fumar de nuevo – me dijo entonces, mientras encendía su pitillo. Durante las primeras horas, con la adrenalina todavía muy alta y mis botas de montaña, marchaba sin resentirme demasiado del cansancio. Conocía perfectamente el modo de operar de los secuestradores en Bossaso, así que cada vez que veía alguna de las numerosas cuevas que nos encontramos, le comentaba a Colin, “quizá sea aquella la caverna en la que nos aprisionen”, pero nuestras esperanzas de un descanso definitivo se frustraban una y otra vez.

Al cabo de algunas horas encontramos a un niño con dos burros en la cima de una montaña. Temimos por la vida del pequeño, sin embargo nuestros compañeros de excursión somalíes intercambiaron unas palabras con él, y continuamos nuestra trayectoria. Montaña arriba y abajo, la luz comenzaba a desaparecer y el frío se hizo fuerte utilizando el sudor de nuestros cuerpos. Colin, que iba en manga corta, obtuvo la única chaqueta que tenían los delincuentes, la misma que había cubierto nuestras cabezas al inicio del secuestro. Yo vestía una ligera sudadera que comenzaba a destilar sudor.

La noche empezó a ocultar el paisaje y un frío glacial hizo mella en mi vitalidad. Después de resistir horas y horas las bajas temperaturas, empecé a insultarlos en inglés y en español: “Me cago en vuestra puta madre. I am fucking freezing, bloody bastards! (¡Me estoy congelando, putos bastardos!)”, les dije. El compañerismo con que Colin y yo afrontamos todo el trayecto, preocupándonos constantemente el uno por el otro, se materializó una vez más en este momento, y con su habitual amabilidad consiguió que los criminales me proporcionaran una ligerísima camisa de manga corta cuyo hedor y suciedad se me antojan inenarrables. En aquel momento me pareció el mejor forro polar de mi vida.

Dormimos al raso, a intervalos, en diferentes lugares, tan solo por unas horas. El cansancio era tal que no tardaba más de unos segundos en entrar en un profundo sueño, abortado bruscamente por sus gruñidos para que continuáramos. Caminábamos usando linternas cuando las zonas eran muy escarpadas y peligrosas. En muchos momentos, soñé con empujar a un par de secuestradores por aquellos precipicios o en quitarles uno de sus rifles y cargármelos a todos, pero la segunda idea era descabellada, y la primera inútil considerando que eran 7 hombres y uno más que misteriosamente desaparecía y aparecía al cabo de unas horas. Además, éramos dos rehenes y la vida de Colin me pareció más valiosa que la mía como para tomar algún riesgo por mi cuenta.

Cualquier hipotética acción tenía que ser concertada entre ambos. El Sherpa, así lo llamábamos, era el guía de la banda. Un tipo alto, con apariencia de imbécil, pero un conocimiento de la zona y una habilidad para cabalgar las montañas – a pesar de calzar unos zapatos de ciudad tres números mayor de su talla-que resultaban asombrosos.

Finalmente, sobre las seis de la mañana, cuando el sol comenzaba a asomar tras una de las colinas cercanas, llegamos a una cueva, donde permanecimos todo el día. Dormitamos un poco, utilizando unas mantas malolientes que estaban ya allí y al cabo de un rato nos despertaron para ofrecernos un poco de arroz y Nescafé frío. Lo rechacé y seguí durmiendo. En la tarde, después del reposo, nuestro humor había mejorado y les pedimos gestualmente cigarrillos a lo que contestaron que no había, pero uno de ellos, sonriendo empezó a liar uno usando tabaco y hojas de un cuadernillo. ¡Fue uno de los mejores cigarros de mi vida!

El árabe se empezó a gestar como el primer idioma con el que nos comunicaríamos. Con lo poco que yo recordaba de mis estancias en Sudán y Palestina, y lo que Colin había aprendido en Iraq y en un curso que estaba tomando en Londres, conseguimos entablar nuestras primeras comunicaciones verbales con ellos, aunque tan limitadas como un niño cuando pronuncia sus primeras palabras. Jugadores de fútbol, nuestros nombres y nacionalidades centraron, si mal no recuerdo, aquellos momentos.

Con la puesta de sol nos obligaron a ponernos en marcha otra vez. Los paisajes eran fastuosos. Otra vez montañas y más montañas. Horas y horas de marcha. Se veían las luces de vehículos a lo lejos, pero nos llevó una eternidad alcanzar aquella carretera. El momento de cruzarla era muy delicado ya que temían ser vistos por los conductores de los camiones que la transitaban. Una vez que estábamos al borde de la vía, tras discutir numerosas veces cual era el mejor punto para atravesarla, y como si todos formáramos parte de un equipo, nos indicaron que cuando pasara algún vehículo echáramos el cuerpo a tierra, utilizando gestos y la palabra siara (coche en árabe). Yo intentaba agacharme lo menos posible, soñando con que alguno de aquellos conductores me vería y avisaría a las autoridades. Pero posiblemente eso nunca sucedió.

Después de cruzar la calzada continuamos caminando, pero nuestras fuerzas eran casi inexistentes debido a que hacía muchas horas que el agua se había agotado y sus promesas constantes de que pronto nos proporcionarían el preciado líquido eran patrañas para avanzar. Agua era la única palabra que podíamos pronunciar. Observé que Colin se tambaleaba debido a la deshidratación y yo tampoco podría resistir mucho más. Entonces, sin pensar, me paré.

– No caminaré un metro si no me proporcionáis jodida agua. Water, water, I want fucking water!!! – dije a gritos. El más viejo de los secuestradores y líder en aquellos momentos, el viejo bastardo – apodo con el que lo bauticé tras un par de enfrentamientos-me amenazó con su rifle. Pégame un tiro, le espeté en sus narices al mismo tiempo que gesticulaba enfurecido. El tipo se quedó perplejo, tuvieron una pequeña conversación y el Sherpa desapareció. Regresó al cabo de una hora con una garrafa de agua. Comencé a beber desesperadamente y algo gelatinoso tropezó en mis labios. Inmediatamente comprendí que era una especie de lagartija muerta así que la agarré por la cola y la arrojé al suelo.

Colin no se lo podía creer. “Joder, qué asco”, comentó a voces mientras yo me reía. Recordé la ocasión en que había comido el rabo recién arrancado y todavía espasmódico de un pequeño lagarto en Zambia, durante una borrachera grandiosa con un loco al que había conocido recientemente, mientras recorría medio continente a lomos de mi Honda Dominator.

Por la mañana paramos a dormir. Unos cuantos compinches de los secuestradores nos vinieron a recoger con un coche y dos camiones, y yo me presenté. “Hola, yo soy José y este es Colin”, les grité alegremente tras el alborozo que me produjo ver los vehículos que iban a significar el fin, al menos ocasional, de nuestros sufrimientos. Se rieron y uno de ellos comentó con un inglés paupérrimo que no tardaríamos en movernos. En cuanto anocheció nos trasladaron en uno de los camiones por senderos que en cualquier país europeo se considerarían totalmente intransitables para cualquier vehículo que no fuese un buen todoterreno.

Colin y yo estábamos de muy buen humor y bromeábamos sobre quién interpretaría a quién si se rodara una película sobre nuestro secuestro. Entre risas sugerí Brad Pitt para mi personaje. El actor que interpretaría a Colin era un poco más complicado de decidir, pero dada su paranoia con su incipiente calvicie y mi gusto por la mofa amistosa, sugerí Danny de Vito, a lo cual Colin respondió con irónica indignación. Algunos de los secuestradores que nos acompañaban, se miraban entre sí estupefactos ante nuestras carcajadas.

Hice una apuesta con Colin: – Me apuesto una cena a que estamos fuera en menos de tres semanas – comenté con mi habitual optimismo cuando las situaciones son complicadas. – Te la pagaré encantado, pero yo me decanto por la opción contraria… Por fin, bajo un espectacular cielo estrellado, llegamos al área donde se encontraban situadas las primeras cuevas en las que estaríamos confinados durante la mayor parte del secuestro.

Normalmente convivíamos con unos doce secuestradores -aunque en ocasiones situaban otro campamento cercano con otros tantos elementos-, cuyos rifles parecían una extensión de su cuerpo. También poseían dos ametralladoras y pistolas, que mimaban, desmontaban y limpiaban asiduamente. En alguna ocasión he comparado a los somalíes y sus armas con niños y sus juguetes. Estos no eran diferentes. Una vez asentados y recuperadas las energías, mi cerebro comenzó a funcionar de nuevo con normalidad. No sabíamos cuáles serían sus peticiones. A eso se sumaba la pregunta de quién nos había traicionado. Yo tenía muy pocas dudas, ya que todo apuntaba al fixer -el factótum- y al traductor, pero Colin no lo tenía tan claro. Otras personas también podrían estar implicadas, y todos los rostros que conocimos durante nuestro complicadísimo trabajo en Bossaso revoloteaban en mi cabeza. Dormíamos todos juntos, al raso.

Los primeros días nos miraban recelosos, aunque alguno se acercaba tímidamente para entablar conversación. Uno de ellos fue Fraisal, un joven de unos 20 años con una vitalidad y alegría desbordante cuyas risas inundaban el campamento. En una de nuestras primeras conversaciones, Fraisal nos dijo con cuatro palabras de inglés, dos de árabe y muchos gestos que parte de su familia había sido asesinada por las autoridades de Puntlandia, región a la que pertenece Bossaso. “I´m sorry, malesh (lo siento)”, respondí yo, lo cual pareció sorprenderle.

Fraisal nos contó que en una ocasión intentó dejar Somalia para irse a Grecia, pero acabó siendo deportado desde el país mediterráneo. “Tienes que venir a España”, le comenté ante su perpleja mirada, y añadí: “Sí, conmigo”. Tras sonreír cruzó sus manos en señal de que sería encarcelado, y los dos estallamos en una sonora carcajada. Desde aquellos momentos, el joven secuestrador se convirtió en una de las personas que mejor nos atendieron durante todo el cautiverio y llegó a enfrentarse en una ocasión a uno de sus compañeros porque no accedía a una de nuestras demandas. Tras observar nuestra incipiente relación con él, otros comenzaron a acercarse a nosotros. Hablábamos básicamente de política y fútbol. Apoyaban a Hitler, George W. Bush y Obama pero despreciaban a los islamistas radicales, incluido Bin Laden. Conocían a más jugadores de fútbol ingleses y españoles que nosotros mismos. “Fernando Torres wen (dónde en árabe)”, me preguntaban. Yo gesticulaba indicando que no tenía ni la más remota idea de en qué equipo jugaba.

En el quinto día de nuestro cautiverio llegó el momento que tanto esperábamos, ¡nuestra primera llamada de teléfono! Yusef, el que fue el líder de la banda durante todo el secuestro exceptuando los últimos días, nos pasó un teléfono móvil y al otro lado de la penosa comunicación se escuchó una voz aguda. “Hola, me llamo Ali -dijo en inglés-. Soy un profesor que vive en Bossaso y que quiere ayudaros a salir de ahí”. Menudo pájaro, pensé sonriendo irónicamente en mi interior. A continuación nos solicitó números de teléfono para contactar a los que serían los encargados de comenzar las negociaciones, así que les facilitamos aquellos que recordábamos, incluidos amigos. Aunque el sonido era terrible, tras sucesivas llamadas a personas diferentes, la mayoría fallidas por la paupérrima cobertura telefónica, aquel día conseguimos entablar un cauce para el diálogo y nos comunicaron que una persona, a la que decidí llamar Mister X, se erigiría como negociador.

Por fin conseguimos contactar con Mister X, quien expresó su preocupación por nuestro estado. Con el fin de tranquilizar principalmente a nuestras familias, intentamos mostrarnos pletóricos en todo momento haciendo gala de una vitalidad desbordante. Ali escuchaba la conversación y supuse que simplemente estaba utilizando dos teléfonos, pegados el uno al otro, para llevar a cabo su intermediación entre los captores y el negociador, y labor de espía al mismo tiempo. Al finalizar la charla, Ali nos indicó: “No se os ve demasiado preocupados. Esto no es ninguna broma y tenéis que mostraros más angustiados si queréis salir de ahí lo antes posible”, manifestó con cierto tono de irritación en su voz. “Tan sólo queremos mostrar a nuestras familias que estamos en perfectas condiciones para que no se inquieten”, respondió Colin prudentemente.

Sabíamos que el aburrimiento sería una constante en nuestra vida diaria, así que construimos un set de ajedrez con el que matábamos gran parte de nuestro tiempo. Durante las partidas, que duraban entre dos o tres horas, olvidábamos completamente dónde estábamos y una rivalidad sana se apoderó de nosotros. Las negociaciones continuaban y la siguiente llamada la recuerdo especialmente porque fue la primera amenaza de muerte que recibimos. Tan sólo nos dijeron: “Cuarenta y ocho horas -si no se cumplían sus peticiones, entendimos- o morís”, justo antes de comenzar a conversar con aquella afectuosa voz telefónica que poseía Mister X y que se convertiría en la portadora de nuestras esperanzas.

El ultimátum, proferido por uno de los secuestradores con el que habíamos intercambiado clases de inglés-somalí, me pareció demasiado tímido, casi con un tono de disculpa. Sentí cierto miedo, pero también percibí que algunos de ellos comenzaban a apreciarnos. Nuestra estrategia parecía funcionar. Aquella noche, antes de acostarnos sobre el pedregoso suelo, y aunque nos habíamos convencido de que todo era una pantomima, decidimos hacer un simulacro de rezo dada la importancia que la religión tenía para ellos. Colin y yo nos arrodillamos y oramos juntos un padrenuestro en inglés y español sucesivamente.

Al principio me costó contener la risa por lo ridículo de la situación -ninguno de los dos somos creyentes-, pero conseguí concentrarme e incluso recordé la oración completa. Sin embargo, cuando acabamos y vi que ninguno de ellos había prestado demasiada atención a nuestras plegarias, me sentí indignado y avergonzado al mismo tiempo por haber llegado hasta aquel extremo. La siguiente amenaza de muerte y sin duda la más reseñable se produjo al cabo de varios días. El viejo bastardo nos llevaba acosando durante muchas jornadas. Su estrategia de intimidación se basaba en colocarse a un metro de nosotros cuando conversábamos y observarnos amenazadoramente un largo rato. Yo ya había tenido varios enfrentamientos con él y siempre había salido ganando. Sin embargo, decidí que no era bueno tenerlo de enemigo ya que era uno de los líderes, así que aprendí a ignorarlo y mi mirada lo traspasaba completamente como si fuera invisible.

En África he aprendido que nunca hay que mostrar el miedo como medio para hacerse respetar. En realidad tampoco lo culpaba, simplemente creía que el viejo bastardo estaba haciendo su papel, al fin y al cabo éramos sus rehenes y él nuestro captor. Nos habían llevado a la colina para efectuar otra llamada. Colin hablaría primero, como de costumbre. Viendo que sus amenazas no surtían demasiado efecto y que siempre mostrábamos un ánimo encomiable en nuestras conversaciones telefónicas, decidieron que era hora de tomarse sus interpretaciones teatrales un poco más en serio.

Entonces comenzó la actuación del viejo bastardo. El hostil somalí cargó su arma e hizo ademán de querer matar a mi compañero de fatigas, ante las risas de sus compinches, que le arrebataron el fusil mientras le golpeaban ligeramente en la cabeza y ataban sus manos a la espalda para llevárselo colina abajo. Aunque ambos convinimos en que el suceso era otra artimaña, Colin ya no volvió a ser el mismo tipo distendido y bromista cuando el viejo bastardo andaba cerca.

No obstante, fue la última vez que el cabecilla de la banda manifestó una actitud violenta hacia nosotros, posiblemente después de comprender que su estrategia no había tenido mucho éxito. Al día siguiente, la mañana comenzó como siempre. Fraisal nos trajo té tan pronto como nos despertamos y fumamos un cigarrillo. Aquel era uno de nuestros momentos preferidos. Todo parecía normal en el campamento, pese a que notamos la presencia de dos tipos nuevos que conversaban calmadamente con nuestros captores. A menudo, rostros diferentes aparecían y se convertían en nuestros nuevos guardianes que reemplazaban a los antiguos en la tarea, o desaparecían y no volvíamos a verlos. Colin y yo departíamos amistosamente cuando gritos enfurecidos interrumpieron nuestra conversación.

Uno de los recién llegados discutía ferozmente con un somalí de nuestro grupo. En diez segundos, una bala rebotada en una pared de la cueva pasaba muy cerca de nuestras posiciones. Nuestros raptores intentaban calmar la situación a gritos, pero sus invitados no atendían a razones. Un estremecedor tiroteo comenzó en la caverna y sus alrededores. Vi a un francotirador situado en una colina disparando hacia donde nos encontrábamos, mientras Colin y yo nos refugiábamos tras un muro construido recientemente para protegernos del fuerte viento que azotaba el área aquellos días. El tipo vestía una camiseta naranja y pensé que quizá se trataba de otra representación mejor organizada para asustarnos, ya que Fraisal solía vestir una indumentaria del mismo color. Pero al cabo de unos minutos comprendí que, por primera vez desde que habíamos sido abducidos, nuestras vidas podrían correr verdadero peligro.

Nuestros chicos corrían alteradamente en todas direcciones con sus armas dispuestas ser disparadas. El estruendo de los tiros resonaba en las paredes de piedra de la mazmorra. La confusión y el caos se adueñaron de aquel paisaje de película de John Ford. Fue entonces cuando el viejo bastardo hizo su aparición estelar y se convirtió en John Wayne, para tomar responsabilidad directa de nuestra seguridad, ordenando a uno de sus hombres que se situara con una ametralladora imponente a nuestro lado para defendernos. Ayer había sido nuestro asesino y hoy era nuestro protector más fiel. Al cabo de una media hora todo había acabado, sin consecuencias sangrientas para la banda. “¿Mushkilas?” (¿problema?), preguntamos en árabe. “Fi mushkila, fi mushkila” (hay problemas, problemas)”, respondieron azoradamente varios de ellos, lo que yo interpreté como que los nuevos visitantes pretendían obtener beneficios monetarios a nuestra costa.

Aquella misma tarde se celebró una reunión de ancianos (en Somalia las decisiones importantes dentro de los clanes son tomadas por los individuos de más edad) presidida por una atmósfera de extrema gravedad. Ninguno de nuestros captores debía exceder los treinta y pocos años -los más jóvenes tenían unos quince-, excepto, quizás, el viejo bastardo. Cada uno de los participantes expresaba su opinión mientras los demás escuchaban en silencio. Dos horas después tomaban una decisión, que no conoceríamos hasta el día siguiente. Me desperté temprano con el olor de las tortas que el sherpa cocinaba para el desayuno y el suceso del día anterior en mi cabeza. Me sentía inquieto. Colin y yo especulamos con la posibilidad de que todo se solucionara pacíficamente con un diálogo entre clanes y cada vez que observábamos algún rostro desconocido -y vimos varios aquel día- lo mirábamos con recelo intentando adivinar si vendría a crear más problemas.

Estaba convencido de que los disparos no habían sido para matar sino de aviso, pero eso significaba precisamente que si regresaban las cosas podrían ser muy diferentes. El día transcurrió tranquilo, no obstante. Al atardecer, los somalíes comenzaron a recoger sus pertenencias, ante nuestra sorpresa, y nos indicaron que nos íbamos. No sabía qué pensar. ¿Querrían trasladarse para evitar problemas o quizá nos iban a transferir a otro grupo? Anduvimos unas tres horas, cargados con todas las provisiones, mantas y utensilios que formaban parte del antiguo asentamiento.

Llegamos a un valle donde decidieron que pasaríamos la noche. Yusef extendió su manta para acostarse cerca de nosotros. Extraje la cajetilla de nuestros preciados cigarrillos, cuya escasez comenzaba a ser acuciante, y examiné cuántos nos quedaban. Sólo dos. Le ofrecí uno al jefe de la banda creyendo que fumaba, en señal de agradecimiento. Él sabía la importancia que el tabaco había adquirido en nuestro cautiverio y lo rechazó con una sonrisa. Insistí una y otra vez, “fatlan” (por favor), y tras mi perseverancia lo aceptó a pesar de que no fumaba, circunstancia que averigüé unos días más tarde.

Aquel gesto supuso un cambio importante en nuestra relación. Dejamos de ser captor y rehén para convertirnos en dos hombres. Yusef era un tipo carismático, quizá demasiado amable para ser líder de una banda de secuestradores. Siempre cargaba un maletín de ordenador portátil con una copia del Corán y dos granadas de mano. En una ocasión lo escuché hablar por teléfono con la que supuse que debía de ser su mujer. Me preguntaba qué le estaría diciendo: “Hola cariño, estoy aquí con mis rehenes blanquitos. No son malos tipos, pero hasta conseguir lo que queremos los llevaremos de paseo para que conozcan nuestras bellas montañas”, traduje divertidamente en mi cabeza. Nunca le vi malcarado durante los cuarenta días; sólo un poco taciturno durante las últimas jornadas, cuando su salud se resintió notablemente y cedió el mando a Musa, otro personaje que tendría un papel fundamental en nuestra liberación. Este último era una especie de Steve McQueen negro. Chulesco y con un desparpajo sorprendente, no dejaba de inhalar un cigarrillo tras otro. Tenerlo cerca significaba que podríamos saciar nuestro mono.

Aunque siempre intenté marcar un poco las distancias con nuestros carceleros -quería hacerles comprender que a pesar de mantener relaciones cordiales nunca podríamos llegar a ser amigos, dadas las circunstancias-, se estableció una relación de respeto mutuo entre los líderes del grupo y yo, o al menos así lo sentí. Colin, sin embargo, con su simpatía y amabilidad se erigió en el niño mimado de los jóvenes. Lo adoraban desde que en el día de la festividad santa musulmana del Eid el periodista inglés se unió a sus celebraciones saltando un pequeño un muro de piedras que habían construido y haciendo flexiones, competición en la que se coronó campeón ante mi deleite.

Colin esto, Colin lo otro, mi nombre parecía inexistente para ellos. – Joder, estos tíos recordarán toda su vida esta aventura y comentarán dentro de veinte años: “¿Os acordáis cuando secuestramos a Colin y al otro?” -bromeé en varias ocasiones con mi amigo inglés durante el cautiverio-.Sin embargo, ambos fuimos complementarios, él era el poli bueno y yo el malo. Colin conseguía prácticamente todo lo que necesitábamos en el día a día, y yo me encargaba de las cosas complicadas. “Yo soy el que les dice adónde pueden llegar y tú el que les dices adónde no”, me comentó Colin en una ocasión.

Nos encontrábamos en la que sería la última cueva de nuestro cautiverio. Los días con aburrimiento y desidia. El ajedrez nos había saturado y los temas de conversación se agotaban tras haber pasado innumerables horas discutiendo sobre todo tipo de cuestiones.

Colin era un tipo increíble, generoso y siempre de buen humor. Nuestras vidas presentaban numerosos paralelismos: ambos habíamos empezado como freelancers – yo todavía lo soy-y el camino profesional de ambos fue muy duro en los primeros años, durmiendo en hoteles de mala muerte e intentando realizar un trabajo muy complicado utilizando presupuestos ridículos de nuestro bolsillo. La base de nuestra alimentación durante el cautiverio fue carne de cabra, arroz, espaguetis, atún en lata y una especie de sopa de pan. Las condiciones de higiene eran mínimas pero no caímos enfermos. Cuando la comida escaseaba se racionaba. Sin embargo, la mayor parte del tiempo estuvimos bien alimentados. Incluso nos proveyeron con agua embotellada durante la primera mitad del cautiverio, aunque terminamos bebiendo agua en garrafas de carburante con sabor a gasolina.

Mi obsesión con los piratas somalíes me había conducido a aquella reclusión forzosa. Me encontraba enfadado conmigo mismo por haberme dejado secuestrar. El New York Times había estado allí sin percance alguno, lo mismo que un equipo francés de televisión, que permaneció tres semanas en Bossaso. Saber que había tanta gente involucrada en mi negociación también me hacía sentir muy culpable. Me interrogaba sobre la utilidad de mi trabajo. En muchas ocasiones había tenido la sensación de quea nadie le interesaban las historias de estos países. Pero ahora, además, se sumaba el hecho de que las personas cuyas historias estábamos empeñados en mostrar al mundo nos secuestraban. Aquella idea me deprimía. Tampoco podía dejar de cavilar con extrema preocupación en que el cautiverio pondría fin a mis viajes a Somalia, país por el que siento una fascinación casi irracional. Me sucedió lo mismo con la República Democrática de Congo.

La idea de escapar se convirtió en otra de mis obsesiones. Estudiaba las rutinas de los secuestradores. Intentaba averiguar cuál sería el mejor momento para una huida. Los planes me producían excitación y temor. Afortunadamente, mi compañero siempre se mostró reacio a aquella locura y con el tiempo yo también desistí. Según el negociador Mister X, las conversaciones avanzaban razonablemente bien y en una llamada nos informó de la posibilidad de ser liberados antes incluso del 31 de diciembre. Eran buenas noticias para nuestro estado de ánimo, que se desmoronaba por momentos.

A finales de diciembre, recibimos la tan ansiada comunicación. “¡Hemos llegado a un acuerdo!”, comentó Mister X exultante. “En los siguientes días seréis liberados”, añadió. Sentí una inmensa alegría ya que mi fortaleza inicial se desvanecía. Al cabo de unas jornadas de espera tensa y angustia reprimida, sucedió algo inaudito. Apareció Muktar, nuestro traductor antes del secuestro y al que siempre consideré involucrado. Nos dijo que él también había sido secuestrado el mismo día que nosotros. Aún así, vestía ropas impolutas, un afeitado reciente y portaba cigarrillos. No le creímos. Era absurdo que el clan somalí confiara en uno de sus rehenes como traductor.

También nos contó una película sobre cómo Awale, nuestro fixer (factótum) en Bossaso, que nos indujo a salir del hotel sin protección el día que fuimos aprehendidos, había sido herido durante el secuestro. Su historia me pareció ridícula. Sentí un fuerte impulso de golpearlo pero decidí que no nos reportaría ningún beneficio y le seguí la corriente. Nos dijo que los secuestradores habían roto el acuerdo y que relevaban a Yusef como líder para colocar a Musa, debido a un desacuerdo entre ellos. “Otra pantomima”, pensé tras ver la sonrisa de Yusef. Al cabo de un par de días, Muktar regresó y habló por teléfono con Mister X, quién mantuvo con firmeza que el acuerdo debía ser definitivo y dio un ultimátum a los secuestradores.

Muktar, tras esta conversación, nos comentó que aquella noche, probablemente, el alto comité tomaría una decisión final. “Por cierto, tengo que daros otra información secreta”, añadió. “Ayer recibí la visita de un clérigo que me dijo que Awale estuvo implicado en el secuestro, y por ello no irá al paraíso”. Estuve a punto de echarme a reír viendo su capacidad de fabulación. Al ser liberado, sin embargo, averiguaría que Awale era bien conocido en Bossaso – a pesar de que nadie nos avisó-porque había sido detenido un año antes bajo sospecha de estar implicado en el secuestro de un periodista francés al que fotografió durante el cautiverio. Alyom (hoy, en árabe), fue la palabra que Musa pronunció al día siguiente para anunciarnos nuestra liberación. Nos encontrábamos de nuevo en una colina para hacer las llamadas y gestiones necesarias para el momento final. Colin y yo estábamos muy excitados.

Todo parecía apuntar a que esta vez sería la buena. Sin embargo, tras muchas conversaciones telefónicas el jefe de la banda nos indicó que regresáramos a la cueva. Tras esperar unas horas sin ninguna noticia, Colin y yo nos echamos a dormir un tanto decepcionados. Creíamos que había sido otro intento de liberación fallido. Sin embargo, sobre las cinco de la madrugada nos despertaron para decirnos que nos íbamos. “Por fin había llegado el momento”, pensé mientras me inundaba una inmensa alegría. Nos trasladaron a pie hasta un lugar donde permanecimos ocultos a la espera de que llegara el gran momento.

Al cabo de una hora, escuchamos una serie de disparos que nos inquietaron un poco, aunque nuestros captores se mostraban tranquilos. Supusimos entonces que eran señales de sus compinches ya que todo apuntaba a que estaban esperando la incorporación de más efectivos. Nuestras corazonadas se cumplieron y al cabo de un rato fuimos traslados a una zona donde descubrimos, para nuestra sorpresa, que habían reunido a todo un ejército para llevar a cabo la operación. Nos esperaban unos cincuenta hombres armados repartidos entre un camión, una camioneta con una ametralladora antiaérea y un vehículo todoterreno. Nos colocaron en un pequeño espacio del camión, justo detrás del asiento del conductor, ocultos por unas cortinillas, y partimos. Los vehículos circulaban en fila india a velocidades bastante elevadas a pesar de las malas condiciones de la pista repleta de rocas.

Colin y yo nos mirábamos perplejos ante el despliegue de fuerzas que habían hecho los secuestradores. Ocasionalmente, los vehículos paraban, los jefes de la banda intercambiaban opiniones y continuábamos el trayecto. Finalmente, paramos en un punto desde donde nuestros secuestradores podían divisar a lo lejos los coches que llegarían en dirección contraria para recogernos. Musa, siempre relajado, bajó de un salto del 4×4 y comenzó a situar a sus hombres en las colinas cercanas y los vehículos en diferentes posiciones estratégicas. Yusef estaba a su lado. También el viejo bastardo y Fraisal se situaron en lugares de cabecera. Todos parecían disfrutar de la aventura.

Tres coches se presentaron a lo lejos y se detuvieron. Al cabo de una media hora nos trasladaron al todoterreno. El vehículo avanzó lentamente unos cientos de metros hacia los coches que se suponía nos sacarían de allí. El sherpa y otros hombres nos escoltaban: marchaban a paso rápido, como si fueran guardaespaldas de una película americana acompañando al coche del presidente. Nuestro 4×4 se detuvo pero nos advirtieron que no saliéramos.

Musa habló con nuestros salvadores, un grupo de doce somalíes. Al cabo de unos minutos nos dieron la orden de caminar despacio hacia el otro lado. “Bienvenidos, sois libres” nos comentaron alegremente los encargados de conducirnos a Bossaso, una vez recuperada nuestra libertad. Colin y yo les mostramos nuestro agradecimiento y les pedimos cigarrillo. Luego nos indicaron que nos metiéramos en el coche que nos sacaría de allí y caminamos en dirección al vehículo. Me crucé con Musa, que miraba al suelo. Me paré y lo llamé por su nombre. Levantó la cabeza y alzó su mano a modo de despedida. Yo meneé la cabeza y le dije, mientras gesticulaba, “venga, devuélveme mis maletas”, con la esperanza de recuperar mi equipo fotográfico. Musa asintió con la cabeza y desapareció caminando en dirección contraria. No recuperé mis cámaras.

LOS (PRIMEROS) CUARENTA COMENTARIOS:

-Que valiente y noble el colin y que chulillo caprichoso el jose, ala! fuma y saca fotos pero no alardees de indiana jones tapeador…

-Tras leer el relato hay una pregunta que ronda mi cabeza.¿Cuánto hemos pagado para que dejaran libre a este tipo?

-No pienso leer nada más de la historia del oeste de este individuo, toda la lastima y sentimiento de ayuda que tuve con la noticia del secuestro, se ha tornado indiferencia trás su explicaciones.

-Cualquier persona normal sabe lo que le puede pasar si va a Somalia, y más si va a contar lo que hacen alli los peligrosos, pues que buscabas Cendron, dejamos en paz con tus rollos del oeste.

-La verdad solo he podido leer asta que le ofrecen chocolate y piensa en otro, que pena de explicaciones, el solito se hecha tierra encima, pobre Colin, y valla chuleria de Cendron.

-Somalia debe ser considera también como enemiga de Catalunya, de nuestro pueblo, nuestra cultura y de nuestro bello y perseguido idioma. Nunca rotulan nada en nuestra lengua y además secuestran e impiden la libertad de expresión a nuestros periodistas. También hay que hacer boicot a todos los productos de Somalia

-Flaco favor al periodismo y al fotoperiodismo serio y comprometido. He tenido una sensación profunda de vergüenza ajena al leer ese relato. Lo de Brad Pitt, entre otras perlas ha sido patético y en general un insulto a todos los lectores de La Vanguardia y hasta para el mismísimo Freeman. No entiendo como lo calificáis de “relato periodístico de excelente pulso”. La foto de portada, innecesaria, no aporta nada. Decís que hay dos relatos más? Por favooor. Pepe Baeza y compañía, ¿esto qué es?

-Debido a los secuestradores conocemos un tipo que aparte de fotografo, es un engreido, peliculero, que le resvala todo segun cuenta, bueno a mi me ha parecido un riesgo calculado y en tal caso no tiene nada que ofrecer, lo más triste es que hay personas que pasan por esas penurias sin buscarlo y en la horrible miseria y ni les hacemos caso, y este a narrar historietas.

-Impresentable, valla tipo, supongo que acabara publicado sus historias, que nadie le ha pedido ni necesita, ale Cedron a pasarlo bien! -Sigue con las fotos . La proxima vez le pides a un amigo que lo escriba con algun rigor y seriedad . Que pena , tu en el cine y otros preocupados.

-La verdad, calladito era mejor recuerdo y sensación de ayuda, este esta hay porque quiere y disfruta el riesgo es de el y voluntario, pués que no se llame al “septimo de caballeria” cuando esta en apuros conocidos de antemano, si solo le mueve el idea del dinero y la fama,acepta el riesgo! y deja al herario publico en paz.

-Nuestro James Bond será un chorizo desahogado con chupa marrón pero tiene mejor humor que otros. Saber que el dinero público a veces se emplea para buenas causas…qué chachi!

-Pues a mi me ha gustado su relato y posiblemente su trabajo sobre la piratería merecerá la pena. Lo que pasa es que no le perdonamos que sea guapo y temerario.

-Cendón es un desahogado. Si quiere correr aventuras, perfecto, pero cuando se meta en líos que no recurra a su primo de Zumosol para que le saque las castañas del fuego a cuenta del dinero público. Si yo fuera Moratinos le pasaría la factura del rescate y a pagar a tocateja!

-Y mientras tooodos andábamos preocupados y sinceramente afectados por su secuestro, resulta que él era James Bond. Muy decepcionante. Una cosa son sus fotos, maravillosas fotos.. otra es su verbo. Siento verguenza ajena al leerlo.

-Jo, que super… yo quiero ser como el. Ir por el mundo visitando lugares chungos y volver aqui a contarlo con mi chupa marrón.

-Ha sido una experiencia terrible, atroz..ambos están viviendo de nuevo una segunda oportunidad, la falta de humildad de Cendón, da que pensar de que no se da cuenta de algo tan básico.

-Vuelvo a poner un comentario que me han borrado. Los captores lo debieron liberar, por insoportable.

-Me alegra saber que ni la sed apaga el buen humor en semejantes circunstancias. Leer tu relato, genial.

-Suena a rollo patatero…….

-José, eres un crack! algunos cometarios dan pena. Estoy seguro q lo más cerca q han estado de un arma es en una tienda de juguetes, y aun así salían corriendo. Te felicito por tu relato, y por estar de vuelta en casa!!!

-Lo que pasa es que si a mí me secuestran/roban/asesinan en algún lugar de este planeta, no se entera nadie, y desde luego que la diplomacia española no haría nada ( y más vale no esperar nada ). Caso de salir con bien, sería gracias al destino. A veces pienso si ‘el sistema’ no hará montajes de propaganda ( autobombo ).

-Dejando de lado el relato, ¿no podrían esforzarse en traducir las palabras que aparecen en inglés? Es bastante patético leer cosas como “fixer”, “pick up”, etc. como si no se pudiera traducir en español…

-Yo lo conocí en Addis Abeba y es totalmente como lo cuenta, en Africa todo se convierte en un juego sicológico ya sea para conseguir un precio razonable, ya sea para salvar la vida como en este caso, Jose es un experto en todo esto… que descanse, bien se lo merece…

-Desde el primer momento me pareció que este tio tenía una actitud completamente chulesca y su relato de los hechos no hace más que confirmarlo. Un poquito de humildad por favor, que Superman es un personaje de cómic.

-Ostras…con todos mis respetos, este tio es un Fantasmon¡¡¡ vaya diferencia de actitud con la que han tenido otros secuestrados que lo han pasado 100000 de veces peor que este ectoplasma humano.

-Bueno, pues si carece de algo es de humildad. El sietemachos este ahora se paseará por todas las televisiones autonómicas cobrando una pasta y explicando que Rambo a su lado es un monaguillo. Y que podía haber acabado con toda la banda de piratas pero les perdonó la vida. Ya le vale.

-No digo que no se gane la vida honradamente. Pero es indudable una influencia notable de las novelas de Pérez Reverte, la serie V, McGyver y El Sastrecillo Valiente.

-Este hombre es un aventurero valiente y y por lo tanto siempre dispuesto a la acción, además es su profesión. No puede reaccionar con reserva, hay que comprender la diversidad, los diferentes modos de ser. Y al escribir todo esto elimina los demonios de su experiencia. Si además gana algo no se lo roba a nadie porque lo ha sufrido él mismo.

-Lo de los rabos de lagartija que “encara belluguen” no cuela. ¿No habrá tenido la serie V tuvo un gran impacto en su infancia? -He llegado a lo de “La vida de Colin era más valiosa que la mía”. Estoy llorando.

-Ay que van a hacer una peli, con héroe y todo.

-Si, todo lo que decís es cierto. Pero ha encontrado un filón para sacar una compensación y no es tonto. Esta historia, podeis estar seguros que……….LA VENDERÁ.

-No se que os molesta más a todos: si es el hecho de que fuera el protagonista o de que finalmente no lo mataran.

-Gran decepción este Cendón. Todo el país pendiente de él durante su secuestro, todos los medios volcados con él y ahora, que es libre, sólo piensa en llenarse los bolsillos con una exclusiva cual hijo de la Pantoja. Le hubiera seguido respetando como fotógrafo y persona si hubiera dado una rueda de prensa para todos los medios y hubiera hecho después mutis por el foro. Todo mi desprecio.

-Me da que Cendon buscaba protagonismo. Su declaraciones de ahora me confirman que buscaba una aventura que rentabilizar. Lo incorrecto es hacerlo con el dinero de todos cuando utiliza los servicios del Servicio Extorior Español.

-Correccion!! los somalies pasaron 39 dias en manos de Cendon. Pidieron poco dinero!

-Y entonces los cogí y les di un par de lapos y les dije que quería las sábanas limpias y ellos, si bwana. Luego les pedí un gintonic con poco hielo y al momento me lo había, servido y así sucesivamente. Luego les dije, ¿saben vds. con quién están hablando?. Eso ya les desarmó. Los tíos alucinaban y bla,bla,bla

-Ahora resulta que es un héroe!, Vamos si esta gente ha escogido esta profesión es para ganarse la vida, y viven como buitres esperando el momento, la fotografía, el reportaje de su vida para que puedan ser inmortalizados. Es una verguenza que los periodistas se crean el centro del universo, Se necesitan dos planetas uno para que vivan y otro para su propio ego. (Ej. Kevin Carter)

-De países como Eritrea, Djibouti, Somalia y Etiopia no sabemos casi nada y la poca información que nos llega es gracias a periodistas que viven y trabajan en lugares donde los que criticamos con nuestro Internet de banda ancha y cómoda silla no podríamos ni tan solo imaginar ¿menos envidias?