BIENVENIDO AL CLUB DE LOS SUFRIDORES-1

Eugene Smith

Una persona ve los escalones; un fotógrafo repara en los dibujos de la escalera”. Antonio Espejo

En el año 1941, Eugene Smith, uno de los más prestigiosos reporteros del siglo XX, hacía balance de su obra. Sus fotografías eran apreciadas, trabajaba para LIFE -la revista más influyente de la época- viajaba por todo el mundo y era un testigo privilegiado de los acontecimientos importantes de aquellos tiempos. También estaba bien pagado. Sin embargo, las imágenes que tomaba no le satisfacían.

Por esta razón decidió abandonar su atalaya de privilegio e ingresó en el club de los sufridores: fotógrafos independientes que no viven de una asignación segura a final de mes, sino de la acogida que haya tenido su último reportaje. Profesionales cuyo trabajo está a prueba día tras día por la irrupción masiva de fotógrafos noveles animados por la inmediatez y las facilidades de la fotografía digital -dispuestos a trabajar a cualquier precio para hacerse un nombre- o de fotógrafos desesperados: dispuestos a pasar por encima de quien haga falta para no perder baza.

Todo eso podríamos resumirlo en un par de leyendas dignas de figurar en las tarjetas de visita de todos los fotógrafos del mundo. Su contenido preside las paredes de la sala de reuniones de la prestigiosa revista “National Geographic”, el sueño de tantos reporteros independientes y recuerda al recién llegado las dos reglas de oro de este oficio: “f/8 y estar allí“. La otra es: “No vales más que lo que vale tu último reportaje“.

Las circunstancias han cambiado mucho en el medio siglo largo transcurrido desde las reflexiones de Eugene Smith. Los plazos de entrega se han acortado y los ensayos que tanta fama le dieron a él y a sus colegas de la revista Life, encargos a menudo de meses de duración, tienen que resolverse ahora en poco menos de una semana, con la dificultad añadida del color. Tan sólo contadas publicaciones se pueden permitir asumir los costes de enviar un fotógrafo durante un período relativamente largo para cubrir un tema (o varios, para amortizar gastos). Existen corresponsales en todo el mundo capaces de enviar buenas imágenes puntualmente evitando dieta, desplazamientos y problemas logísticos.

Las producciones costosas, hoy en día, pertenecen a la televisión. Es inmediata, llega a más número de espectadores y los vídeos transmiten la actualidad con movimiento y con sonido ambiente. Las horas que nuestros predecesores destinaban a leer las revistas ilustradas en el pórtico de su casa o bien junto a la lumbre de la chimenea, hoy las consumimos frente a un monitor de rayos catódicos. ¿Pero, quién asimila tanta información?

Ante semejante avalancha de noticias no queda más remedio que seleccionar. Pero la capacidad del cerebro es limitada. De entre miles de estímulos, solo los más poderosos traspasarán el córtex y llegarán a la conciencia. Y para excitar esa emoción todavía no se ha encontrado un producto más eficaz que una buena fotografía. Una imagen acertada retiene la esencia y fija el instante. “Las imágenes en movimiento procedentes de la televisión inundan nuestra consciencia con la misma velocidad que la luz que las transmite, dejándonos entorpecidos y atontados. Curiosamente, la memoria parece estar compuesta sobretodo de fotografías. Incluso cuando evocamos a los seres queridos, imaginamos situaciones, cuadros o retratos estáticos, más que personajes en movimiento“- escribía el conocido periodista norteamericano Walter Cronkite en la presentación del catálogo de una colección de imágenes que, según la editorial, habían cambiado el mundo.

Pero la televisión y las buenas fotografías no tienen por que ser incompatibles: “Está de moda culpar a la televisión de los problemas de la prensa escrita, pero me niego a admitir esa aseveración. La televisión y la prensa escrita no deberían ser adversarios. Ambos se complementan“- afirma uno de los editores gráficos más importante de todos los tiempos, John G. Morris, un nombre mítico de la fotografía que trabajó en Life, en Magnum y en National Geographic entre otros medios. Siempre persistirá el deseo de conservar una fotografía excepcional para revisarla de vez en cuando, de la misma manera que apetece volver a hojear en un libro una poesía, un pasaje o un fragmento capaces de despertar esa emoción que nuestro cerebro retiene en alguna parte.

Para captar la actualidad las cámaras de vídeo y de cine necesitan un operario detrás, profesionales que no nacen por generación espontánea. Encuadrar, ubicarse, obtener las máximas prestaciones en un contexto noticiable exige aprender la gramática de la imagen estática, un conocimiento que sólo proporcionan la fotografía, la pintura o la escultura.

Las grandes agencias de noticias luchan todos los días para ofrecer resultados contundentes, imágenes más apabullantes que la competencia. Con movimiento o congeladas, el talento para explotar las posibilidades de la asombrosa tecnología que capta el tiempo y el espacio concierne exclusivamente a los operadores que están detrás de las cámaras. Y esa destreza necesita un aprendizaje, que tiene su máxima efectividad en la fotografía.