BIENVENIDO AL CLUB DE LOS SUFRIDORES-2

La fotografía suscita relaciones de amor y de odio. Es, a la vez, una profesión ingrata y magnífica. Ingrata porque, con independencia que un fotógrafo tenga renombre o que tan sólo haga un par de días que decidió pegar un portazo a la oficina y vivir de aquellas magníficas puestas de sol que le alababan sus amigos, no hay otro camino que seguir la senda de los elefantes. No importa demasiado la edad. Si ha elegido la profesión de reportero, reúna algunas de sus mejores imágenes y vaya a enseñárselas al tipo que atiende a los fotógrafos.

Como muchas publicaciones todavía no pueden permitirse el lujo de pagar a un editor gráfico, es decir, a alguien que se supone que tiene la suficiente formación y criterio para elegir las fotografías, es probable que le atienda el guarda de seguridad o la telefonista. La eficiente secretaria de una conocida revista de viajes refería su habilidad para discernir por teléfono las propuestas con posibilidades, procedentes de fotógrafos profesionales, o los sueños de un aficionado que ha disparado una montaña de fotos en un viaje de vacaciones. Una revista, sobretodo si publica temas turísticos, recibe cada día una avalancha de propuestas que debe filtrar para cumplir los plazos de contenido, maquetación e impresión. Si salen antes que las demás de su ramo tienen mejores posibilidades de venta.

Una vez el fotógrafo consigue superar el primer escollo, si el zodíaco ha sido favorable aquel día y dependiendo de la enternecedora historia que explique, quizás le permitirán mostrar su portafolio al diseñador gráfico o a un redactor. Si está de suerte puede que lo reciba el mismísimo redactor-jefe, un señor que se graduó con buenas notas en una carrera de letras y que escribe como los ángeles, aunque sus conocimientos fotográficos sean mínimos. Quizás él tendrá la última palabra sobre las fotos que se publicarán.

Según la profesionalidad del maquetista y el formato de la publicación las fotografías pueden acabar volteadas (para que queden encaradas a la publicidad o cierren bien la página), despedazadas, descontextualizadas o, con un poco de suerte, quedar tal y como son. Espacios mandan. El cobro, naturalmente, transcurridos unos cuantos meses tras la publicación.

Ajuste bien los precios y olvídese de teóricas financiaciones. Cuando la imprenta devolvía las diapositivas rayadas, como si hubiera desfilado una división acorazada encima… ¡no pasaba nada! Total, seguro que el fotógrafo había tomado más de un disparo. Ahora, con la tecnología digital, cada foto que envías es un cheque en blanco. Se pueden reproducir infinitas veces porque quedan depositado para siempre en algún disco duro, y en cuestión de segundos viajan de un ordenador a otro, en ocasiones sin conocimiento del fotógrafo.

Aunque se trata de una descripción melodramática, es un resumen de las experiencias compartidas con muchos profesionales. Y es que los tiempos han cambiado desde aquellos felices veinte en que, ser reportero, era sinónimo de aventura en la más auténtica tradición de Tintín.

Dos fotógrafos, Patrick Frilet y Yan Morvan, en la introducción de su libro “Photo Journalisme/Le guide”, narran muy bien estas singularidades: “Nosotros hemos vivido los grandes años del fotoperiodismo, marcados por el dinero fácil que recompensaba todas las buenas ideas: los encargos y las garantías de las revistas fluían, los fotógrafos dispersos en los cuatro rincones del mundo vivían cómodamente de su profesión. Naturalmente seducidos por este tipo de vida aventurera, numerosos jóvenes fotógrafos se lanzaron a este mercado. Sus sueños y sus ambiciones se desvanecieron rápidamente. Situados ante una férrea competencia, a menudo en el interior de una misma agencia, y enviados a una carrera permanente por la foto, ellos son hoy en día la generación de los aprieta-botón: no es raro ver cincuenta fotógrafos a la salida de un consejo de ministros, ¡y algunos son capaces de disparar hasta veinte carretes para cubrir una misma manifestación!

En contrapartida la fotografía es una de las profesiones más apasionantes que existen. Su grandeza la expresaba tanto Larry Towell, ganador absoluto del World Press Photo en 1994, “¿En qué otro trabajo sería posible caminar sin destino, con una cámara de fotos al cuello y armado nada más que con el interés personal y nuestros propios ojos?” como, mucho más cercano a nosotros, Paco Elvira, pionero del moderno fotoperiodismo español, que escribía: “En la década de los setenta el escritor Xavier Vinader y yo estuvimos un mes viajando por Asia, trabajando para la revista Interviú. En aquella época no existía el turismo masivo a lugares como Mongolia; de manera que nos sorprendió encontrar un grupo de norteamericanos por allí. Eran todos multimillonarios que realizaban un viaje “exótico” que, por descontado, les había costado un ojo de la cara. Cuando se enteraron de mi profesión y me vieron con la cámara uno de ellos no pudo evitar el comentario: ¡Y encima te pagan para que estés aquí tomando fotos…!”.